Canto a la Marisma

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Por José González Arteaga.

Marismas de Doñana,
Marismas del Guadalquivir,
horizontes desolados, llanuras sin confín,
de donde las civilizaciones tempranas
que te descubrieron no quisieron partir.
Tu majestad está en tu lejanía,
en tu misterio, en tu arcana historia,
en tu impenetrable y dura geología,
que ha lanzado a científicos –Schulten-
a rehacer tu memoria, que inspira a poetas
–Villalón y Salvador Fernández- en su poesía
y a escritores –Caballero Bonald- a contar tu historia.

Casi exclusivamente fuiste conocida
por el azogue de tus lucios, por tus patos y toros
salvajes, por la fuerza de tus pastos resecos y
bravos y por los relatos de tus hombres
que bordeaban tu leyenda insondable.

Pero ¿quién te hizo, marisma,
quién te modeló?
¿Tuvo que ver Hércules algo en ello
o fue tan sólo cosa del tiempo,
la tierra, el agua, el sol y el viento?
¿Cómo surgieron esos pequeños relieves
que forman tu paisaje llano?
¿De dónde tus ríos,
brazos, lagunas y caños?
¿De dónde tus lucios,
paciles, quebradas, vetas y vetones?

Marisma llana, armajal extenso,
que los golpes azules de ríos y mares
fueron haciendo, levantando
relieves y otros hundiendo.
Territorio, unidad, cobijo
de imperios (¿La Atlántida?, ¿Tartessos?),
tierra olvidada, nacida en el
combate con el agua fluvial,
la tierra, el tiempo y el mar.

Marisma, todo se lo debes al agua,
todo en ti es producto de ella;
tu formación es consecuencia
de ese natural elemento
que hoy, ayer, mañana,
durante miles de años
te ha venido modelando
hasta hacer de ti un monumento autóctono,
un paisaje único de tierra llana.

Tus hijos naturales (la vegetación,
los animales, el agua, el sol y el viento)
te conservan, mientras que seres extraños
se lanzan sobre ti como alimañas
hasta conseguir tu aniquilamiento.

Tu vegetación es dura, resistente,
rebelde a todos esos elementos,
a tu desierto de salitral
y a tu desgarrado paisaje:
carrizos, bayuncos, eneas,
almajos, juncos, castañuelas,
brezos, tarajes, helechos,
hacen de muralla y centinela.

Los animales se han hecho
a tu dureza inmisericorde
y a tu paisaje húmedo o seco.
Así, los mamíferos (conejos, liebres,
zorros, jabatos, linces –felino
silencioso, rápido, majestuoso, en extinción-,
corzos, ciervos, gamos, meloncillo, tejón,
lirón, rata, ratón, comadreja,
toros, vacas, bueyes, caballos, ovejas
-quizás las mismas que guardaba el pastor Euritión-)
se refugian en marismas, llanos y alcornocales.
Tus ofidios y reptiles
(víboras, culebras, serpientes, lagartos,
lagartijas, salamanquesas, sapos, tortugas, camaleones)
en dunas, pinares y matorrales.
Pero tú, marisma, ante todo eres
el paraíso europeo de las aves
(del calamón -rara avis-,
del águila imperial -un mito en extinción-,
de garzas, ánsares, patos,
espátulas, cigüeñas, flamencos),
que van y vienen en migración:
en marzo aparecen el milano negro, el águila calzada,
la culebrera, el abejaruco, el petirrojo, el alimoche,
todas aves de paso;
el buitre leonado, el negro, la lechuza,
se dejan ver sólo de noche;
el alcotán, halcón ratonero, milano, cernícalo,
son aves diurnas.

Tus hombres, por fin, son fiel reflejo
de esas características tuyas
(mítica, solitaria, lejana, dura),
que sabe mucho de silencios,
de conversaciones largas bajo
un oscuro cielo de estrellas,
de una luna que duerme en lucios y lagunas
o de un sol implacable en la altura
que resquebraja tu tierra ardiente y dura.

Marisma, en tu origen fuiste
estuario, bahía, pequeño mar interior,
golfo, lago (“Ligustino” para los romanos),
depósitos marinos, sedimentos, limos, arcillas,
barra litoral, tierras pantanosas, planicie, cenagales;
para terminar en lo que eres: llanura, arenal, marjal.
Estás recorrida por una extensa red fluvial
que tiene como progenitor de todos tus hijos,
naciendo en Cazorla, al Guadalquivir,
con sus tributarios y afluentes,
con sus brazos y sus caños
(Guadiamar, Brazo de la Torre, Brazo del Este,
Majalberraque, la Madre de las Marismas del Rocío
y caño de Brenes) que se bifurcan
y se reencuentran en su desembocadura en Sanlúcar.

Y entre ríos, brazos, caños,
-el agua siempre omnipresente-
surgen en la inmensidad del llano,
tus niñas bonitas, las islas
(Captor y Captiel para Alfonso el Sabio,
Isla Menor –o Isla Amalia- e Isla Mayor, después),
que pronto en despensa se convertirán
-de hierba, carne, dehesa- de Sevilla, la capital.
El Concejo de la ciudad muy pronto las rentabilizó,
sacándole algunos reales de vellón
a sus yerbas, el mazacote, la barrilla y el almajo,
a sus pesquerías –Caño del Zurraque-, a las penas
(multas), y a las barcas del Borrego y San Antón,
a sus toros, a sus caballos, a sus ovejas
y a sus hatos con melones.

Has sido huraña con la agricultura,
mientras que tus pastizales
han dominado en tu extensa llanura.
A pesar de ello, la ciudad, Sevilla, no te conoce,
no se encariñó contigo
y sólo te utilizó para regalo y aficiones.

Los litigios por tu propiedad
fueron constantes, luchando por ellas
la Corona, La Puebla del Río y Sevilla
-en verdad a esta última pertenecías-
y así se pronunció la ley,
pero Fernando VII en un acto de “gracia”
al Marqués de Casa Riera, la Isla Mayor, cedía.
A partir de ese momento, se quebró tu suerte,
comenzaste a cobrar importancia,
por ti disputaron nobles, banqueros, compañías
extranjeras y especuladores de toda laña,
que empezaron a anunciar tu muerte.

Has sido tierra libre, agua libre, acuíferos;
hoy suenas a transformación, encauzamiento,
explotación,“desarrollo sostenible”, cultivos, intereses;
a años sesenta, a seítas, a clase media, a vacación;
a Matalascañas (urbanismo anárquico, especulación);
a Rocío: folclore, fanatismo, hipocresía, devoción.
La muerte y la vida –en constante confrontación-
ha estado siempre en ti presente,
desde guerras, anopheles, inundaciones, sequías,
hasta darle el golpe final la “civilización”.

Foto: Paco Portillo.

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