Como en un tributo a Joselito

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El rejoneador cigarrero cortó cuatro orejas y un rabo en Talavera de la Reina.

Después de algunos años sin estar en ella, volvió Diego Ventura a Talavera de la Reina, la plaza donde se apagó en 1920 una de las luces más preclaras de la historia del toreo, la de Joselito El Gallo. Impacta aún el silencio con que se le recuerda en las cercanías de cada 16 de mayo. Silencio con eco que emociona y del que emana el respeto profundo a un catedrático como aquél. Un poco, quizá mucho, de Joselito El Gallodel rejoneo en pleno siglo XXI tiene Diego Ventura. Algo del alma del Genio de Gelves late también en la del Genio de La Puebla del Río. Una conexión mística debe unirles, ese hilo conductor del toreo que es como un río unívoco -pongamos, el Guadalquivir- del que van aflorando los afluentes que luego es el legado de cada torero.

Por eso sintió Diego la necesidad de homenajear a José. Y lo realizó de dos maneras: la más importante, haciendo el toreo ante dos toros extraordinarios de Ángel Sánchez, bravos, que le permitieron expresarse en plenitud. Y otra más, construyendo gran parte de la primera de sus obras, precisamente, con Joselito, la gran novedad por ahora de su cuadra de 2019, pero un caballo -potro aún por su juventud- en el que el jinete tiene depositada una fe ciega. Un caballo, como es lógico por su edad, con mucho por definir todavía, pero con un potencial abrumador. Tanto que lo utilizó Ventura de salida, como venía siendo habitual, y también en banderillas. En la misma faena, sin solución de continuidad. Y en ambos tercios, Joselito rindió pleitesía a Joselito. Como también Bronce, que no cesa cada tarde de hacerle a los toros cosas increíbles. Los terrenos que pisa, los precipicios a los que se asoma, su forma tan suficiente de detenerse y de detener el tiempo entre los pitones, de ofrecer su mirada a la del oponente, de quedarse allí cuando el rejoneador le suelta de las riendas y el caballo decide quedarse. Bronce, de bronce sólo tiene el color de su capa. Todo lo demás, es oro puro. Y todo ello, ante un toro, dicho queda, exigente por bravo, que se movió con transmisión y ritmo, que humilló y se entregó y que, por tanto, permitió a Ventura sacar lo mejor de sí mismo. El resultado, las dos orejas y la puerta grande abierta a las primeras de cambio.

Y aún vino después el pleno que el jinete cigarrero suscribió ante el segundo de su par, otro buen toro de Ángel Sánchez que recibió con Campina para clavar de frente y sin más dilación en una apertura de obra espectacular, que fue el prólogo perfecto para la exhibición en banderillas, sobre todo, a lomos de Lío Dólar. El primero, clavando al quiebro allí donde ya no hay vuelta atrás, en el lugar donde los pitones del toro radiografían los pechos del caballo y éstos hacen suya la embestida toda del burel en un segundo que parecen mil por todo cuanto cabe en él. Y el segundo, para explicar también en Talavera el porqué del áurea que trae consigo. Por qué le esperan los públicos. Por qué dispara los decibelios de la pasión en cada tarde. Por qué se dice que es difícil imaginar tal nivel de compenetración entre un caballo y un hombre. Como quiera que rubricó la faena de un certero rejón final, los máximos trofeos cayeron a sus manos como compendio de una tarde de toreo total. Del toreo a caballo que se apoya en los cánones de siempre y que busca ampliar los horizontes del mañana ensanchando los límites de hoy. Como en un tributo a Joselito.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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