De monstruo a Monstruo

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Diego Ventura homenajeó a Manolete con dos orejas en Linares.

Dicen los antiguos, los escritos y los testimonios que Manolete fue el mandón de su tiempo. El torero que con más toros podía. El que más esperaban los públicos. El que no defraudaba, el que marcaba el paso. Por eso le llamaron el Monstruo. Pocos como él y, como él, ninguno. Setenta y dos años hace que se fue. Antes de tiempo, mucho antes. Pero su recuerdo sigue inmarcesible por más que hayan pasado hasta generaciones enteras de aficionados. El nombre de Manolete sigue generando solemnidad allá donde se pronuncie. Más aún en Linares, su último aliento. Ése que aún parece sentirse vivo cuando, por estas fechas, el toreo guarda silencio y ese eco, tanto eco, como se hace en su memoria, retumba como lo hace la eternidad misma…

De ese eco, de tanta solemnidad, de esa memoria, se imbuyó Diego Ventura para, desde su arte que es del toreo a caballo, rendir tributo al que mandó tanto que hasta se quedó como suyo con un pedacito importante del tiempo del toreo. Y quiso ser como él y poderle a los toros fueran como fueran. Y responder a la espera de la gente. Y no defraudar. Y seguir marcando el paso. Y lo hizo. Fresco y deslumbrante, como si la temporada apenas estuviera desperezándose, dictó sobre el ruedo donde el Monstruo se hizo eterno una lección de toreo a caballo desde todos sus registros. Desde el de la espectacularidad que hace único a este arte, pero también desde el sentido de la lidia para, como frente al cuarto, superar el contratiempo de la ausencia de raza en su oponente y entusiasmar al público en una faena de pura capacidad. Porque ya salió el toro de Ruferser con pocas ganas de pelea, lo que calibró de inmediato con Joselito, termómetro infalible. Ante toros así, el especialista es Bronce, que lo lidió por la cara quedándose a milímetros de lo pitones, pasándoselo muy cerca y muy despacio. Como también con Fino, con el que quebró, de igual modo, prácticamente ante el precipicio de la arrancada reservona del astado, otra vez, pasándoselo realmente cerca. El corolario fue el par a dos manos sin cabezada con Dólar, citando en muy en corto y volcándose sobre el morrillo porque el toro no le ayudó. Clavó Rosas con Remate y recetó un rejón fulminante, que, esta vez sí, le valió las dos orejas.

Se dejó más el primero de su lote, también de Ruferser, lo que fue suficiente para que Diego le cuajara una gran faena que pudo ser de dos orejas de no haber marrado con el rejón de muerte. Lo recibió con Lambrusco y fue con Guadalquivir en banderillas donde alcanzó el cenit de su actuación, especialmente, toreando de costado muy por los adentros y cubriendo todo el diámetro de la plaza. Ejercicio de temple magistral que puso en pie los tendidos, que vivieron con la misma pasión cada banderilla al quiebro con Lío. Citó Ventura dando toda la plaza y llegó a los embroques muy despacio para batir en el mínimo espacio posible. Las cortas al violín con Remate mantuvieron el nivel de intensidad de su trasteo, pero pinchó en dos ocasiones antes de un descabello y ahí perdió la opción de premio. Pero el empeño personal y artístico, el más íntimo de los propósitos hoy de Diego Ventura estaba cumplido: rendirle homenaje a uno de los más grandes. A quien mora en la eternidad. A Manolete. De monstruo a Monstruo.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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