Desierto de bravura, manantial de torería

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Morante se mostró voluntarioso y se inventó una faena al cuarto de la tarde.

Sergio Maya

Sevilla había marcado la tarde en rojo en su calendario taurino. Se conjugaban en el cartel tres toreros con arte y muy del gusto de la afición pero el resultado no fue el esperado. El culpable, una vez más, los pupilos de Juan Pedro Domecq.

El legendario hierro trajo a Sevilla una corrida sin casta, motor, clase ni emoción. Una ‘juanpedrada’ en toda regla que debe hacer reflexionar a la empresa Pagés su comparecencia en el abono de 2020.

Los toreros estuvieron por encima. Lo más destacado lo hizo un Diego Urdiales que enamoró a Sevilla gracias a su pureza, gusto y torería con el capote y la muleta pero falló con la espada. Lástima que no tenga otra tarde, porque este es su año. Morante estuvo más voluntarioso que otras veces, se peleó y se inventó una faena al cuarto de la tarde que emborronó con la espada. Manzanares estuvo a punto de tocar pelo en el último tras una faena a media altura, sin apreturas pero de empaque. 

Abanto de salida el primer Juan Pedro de capa castaña al que Morante lo recibió pacientemente hasta que lo fijó y le recetó media docena de verónicas con compás y torería rematadas con una media barroca.   Cumplió en varas recibiendo un castigo largo. Tras el picador el toro demostró poca fortaleza y motor. No hubo faena de Morante. El toro llegó escaso de vida a la muleta. Mucha nobleza pero nula transmisión. Detalles toreros al inicio y en una tanda de derechazos. Nada más. Pinchazo y estocada caída. 

Se resbaló en reiteradas ocasiones de salida el cuarto de la tarde. No se pudo lucir con el capote Morante esta vez. Tras el caballo el toro se desplomó y levantó el enfado del público. El toro fue devuelto a los corrales.

Otro de Juan Pedro Domecq saltó al ruedo. Manseó de salida y demostró poco poder. Morante se empeñó en intentar lancearlo a la verónica dejando tres de gran trazo y un remate muy torero a una mano. También se derrumbó en varas. Se mantuvo en el ruedo. Por encima del toro estuvo el de la Puebla. Más voluntarioso que nunca, se inventó la faena poniéndole sal a un toro que era muy soso. Consiguió muletazos sueltos con sabor, despaciosidad y torería. Llenó el escenario aprovechando los terrenos de toriles para ayudar al Juan Pedro. Los mejores momentos llegaron al natural. De uno en uno y con el recurso del ‘zapatillazo’ consiguió arrancar los olés más fuertes de su actuación. Estocada entera al tercer intento. Ovación.

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