Diego Ventura arrasa en Mérida

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Cuatro orejas y un rabo en una gran noche del torero y de su cuadra.

Como un huracán que lo arrastra todo. Así ha pasado Diego Ventura por la calurosa noche emeritense. Como un tornado. Implacable. Soberbio. Un derroche de ambición, de competir consigo mismo, con su leyenda tan viva. Las cuatro orejas y rabo cortadas en Mérida dan cuenta perfectamente de la dimensión de su actuación. Aun con un par de toros de Luis Terrón que se le pusieron a la contra, el peor lote de la noche. Aunque querer llevarle la contraria a Diego Ventura cuando el tapiz es un ruedo es como querer soplarle al viento. Ahí manda él. Como esta noche en Mérida, donde ha arrasado en dos faenas que fueron dos carreras de obstáculos por el juego de su lote. Da igual: él es un huracán y los huracanes lo arrasan todo.

La faena de los máximos trofeos fue la segunda, la del cuarto. Un toro que no le ayudó nunca y ante el que todo lo hizo el torero. Con una claridad de ideas, con un dominio de las circunstancias, con un sentido tal de la lidia impregnado de ese espectáculo que tiene que ser anexo al rejoneo para que éste contacte con la gente, que, incluso, tapó mucho de los inconvenientes de su oponente a los ojos del público. Lo recibió con Campina y fue ese primer tercio un ejercicio de pulso y de medida con los que contrarrestar la salida geniuda del burel. Justo por esa condición tuvo una emotividad especial y un valor supremo el tercio de banderillas por la decisión de Diego de llegar una barbaridad al toro con Fino para batir y quebrar al borde del precipicio donde ya no hay vuelta atrás y el par a dos manos sin cabezada con Dólar, con el toro de Terrón aguardando emplazado, altivo, lo que también exigió de Ventura jugársela de verdad al tener que volcarse para ejecutar la suerte. Como cobró un rejonazo de efecto fulminante, Mérida se le entregó en la misma medida en la que lo acababa de hacer él en su faena y le concedió las dos orejas y el rabo.

Premio mayor que completó el doble que ya había conseguido frente al segundo de la noche y primero de su lote, ya que la corrida la abrió el rejoneador portugués Felipe Gonçalves, que hoy tomó la aternativa, precisamente, de manos de Diego Ventura. No humilló nunca este toro, no se entregó. Llegó a las cabalgaduras sin entrega, e incluso, por momentos no pasaba, se quedaba en las suerte, confiriéndole un plus de incertidumbre que Diego sorteó con una firmeza impávida. Tras parar a su oponente con Guadalquivir, cimentó su tercio de banderillas en Nazarí y en Lío. El primero, para aportar a la faena esa especial habilidad para lidiar como si fueran buenos, para encelarlos y metérselos debajo, a los toros remisos y reservones como éste. El segundo, para sumar esa explosión de tantas cosas que es la decisión, la actitud y la rectitud con la que se va hacia el toro, frenarse en el último instante y aguardar la acometida para, sin lugar para más, quebrarla casi sin avanzar, clavar y salir. Con un ajuste que las fotografías de Agustín González Arjona demuestran mayúsculo. Como no cabía más con menos y como también mató pronto, le fueron concedidas las dos orejas que le abrían a las primeras de cambio la Puerta Grande. Aunque más que abrirla, la derribó ese huracán llamado Diego Ventura que hoy pasó por Mérida arrasando sin piedad.

Crónica: web oficial Diego Ventura.

Foto: Agustín González Arjona.

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