Diego Ventura reina en Arles

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El rejoneador cigarrero corta dos orejas y continúa con su gran puesta en escena en 2019.

Arles es dominio de Diego Ventura. Es una de sus plazas por excelencia. La que siempre le abre las puertas, año tras año, en recompensa a tanto triunfo tras triunfo. Y a tantas mañanas de rejoneo del bueno, del que entusiasma, emociona y apasiona al público galo, ese mismo que, otra vez, casi llenó hoy los tendidos de las Arenes atraídos por ese idilio sin pausa con el jinete de La Puebla del Río. Volvió a suceder. Diego Ventura se hizo el dueño de la matinal de rejones del Lunes de Pascua. Ante un par de toros de distinta condición.

El de menos, el segundo, al que le cortó las dos orejas después de una inmensa faena, equilibrio de lidia y espectáculo. Un toro aplomado y sin raza, distraído siempre, de los que piden los papeles del oficio y del conocimiento del secreto donde radica la tecla que lo cambia todo. Una tecla casi siempre escondida en la cueva sólo accesible para quienes son capaces de cruzar la frontera de lo incierto una y otra vez. Lo hizo de salida con Joselito-quédense con su nombre- y luego en banderillas con Nazarí, ese caballo que todo lo puede. Que lidió, que fue ahormando, esculpiendo, reconduciendo y pudiendo para el final de fiesta del prodigio que es Dólar. Nazarí fue construyendo la obra con su paciente capacidad y Dólar la coronó con su irrupción imparable, tan mágica. Es Diego retirarle la cabezada y es prenderse en el tendido el nerviosismo emocionante que genera lo extraordinario que se intuye. Que se intuye y que sucede. Y por dos veces. Porque fueron dos los pares sin cabezada. Uno tras otro. Uno para mejorar aún el otro. Uno para corroborar aún el otro. Y la nerviosa emoción fue emoción feliz por tamaño espectáculo. Como lo certificó de un certero rejón, Arles se le rindió otra vez más. Como siempre. Y Ventura se alzó con las dos orejas y con el dominio de la mañana que es suya.

Perdió Diego los trofeos que tenía ganados de su primer toro al pinchar con el rejón de muerte, en el único borrón que cupo en el conjunto de una faena importante. Sobre todo, porque hubo de mantener encendido el celo a menos del toro de Los Espartales, que salió con brío y muchos pies de salida, lo que propició un primer tercio con Lambrusco realmente emocionante. Ya en banderillas, el burel se fue viniendo a menos, lo que le obligó a llegarle cada vez más para provocar sus embestidas haciendo de cada embroque un verdadero ejercicio de sincera exposición. Así fue con Lío, con el que clavó en un palmo de terreno y con quiebros de escalofrío por cuánto apuró el encuentro. Y luego también con Bronce, con el que se hizo dueño de esos terrenos imposibles que le son propios y en los que Ventura desafía las leyes de lo real al torear tan por la cara que la testuz del caballo casi roza la del toro. Derroche de capacidad y de valor, de confianza y de compenetración con Bronce, un puntal imprescindible ya de su arsenal. No acertó el rejoneador con los aceros y recogió una fuerte ovación del público que casi llenó el coliseo de Arles. Ése que sólo un poco después se le entregó como ya es habitual cada Lunes de Pascua.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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