Diego Ventura, rey de Madrid

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El rejoneador cigarrero cortó dos orejas y salió por la puerta grande madrileña por decimoquinta vez en su carrera.

Diego Ventura ya es el rey de Madrid. El dueño de su Puerta Grande, el torero que más veces la ha cruzado a hombros. Quince veces ya. En catorce años de los veinte que cumple de alternativa. La plaza que un día de octubre de 2005 le cambió la vida. Comenzó entonces una relación de amor que aún dura porque ambos –plaza y torero- se lo dan todo cada vez que se ven. Como hoy. Ventura se exprimió en nombre de quien es y en honor al suelo que pisaba. Como se ama: dándolo todo. Por eso ya es el rey de Madrid. Y como ninguna conquista fue nunca fácil –por eso están reservadas sólo a los mejores-, la de hoy fue realmente dura. Una tarde de las que ponen a prueba de verdad. De las que miden la capacidad de los hombres y de los artistas. De los toreros. Porque fue dura la corrida de San Pelayo.

Colmada de matices, pero dura. Pero más mérito aún tiene lo hecho por los toreros, lo conseguido por Diego Ventura, el rey de Madrid. Había alcanzado la tarde la cima de su complejidad cuando saltaba al ruedo el quinto, Bondadoso-33 de nombre. Todo iba cuesta arriba. La salida del toro, tan fría, tan a su aire, lo inclinaba todo un poco más. Y eso que Diego se fue a buscarlo garrocha en mano a portagayola para encender la mecha desde el segundo uno. Pero se prolongó este primer tercio porque el ejemplar de San Pelayo se iba, rehuyendo la pelea. Dos rejones de castigo con Lambrusco como preámbulo de la enésima exhibición con Nazarí. El caballo que tiene y derrama imán para hipnotizar a los toros. A los buenos y a los malos. Da igual, todos sucumben al poder de su capacidad para meterse allí donde todo es tan difícil y, en ese territorio, hacerse dueño del mundo. Hasta de las voluntades más remisas. Parece mentira, pero es verdad. Nazarí existe y, con él, existen los milagros. Tres banderillas clavó con él Diego, la tres diferentes. La primera, muy en corto y sin solución de continuidad después de habérselo llevado media plaza adelante a milímetros de su costado, sin parar siquiera la inercia de su viaje, déjándolo clavado para volverse, enfilarlo, irse a su búsqueda y clavar. La segunda, citando con toda la plaza de por medio, pero teniendo que llegar adonde queman los suspiros para dejar arriba la banderilla. La tercera, tras ir acortando las distancias con un cite en tierra a tierra que no terminaba nunca y soportar las dudas del burel, que sólo se arrancó cuando no le cupo más remedio. Decidido a no dejar ni un tiempo muerto, puso en liza entonces a Importante, que, el día de su debut en Madrid, demostró por qué se llama así y la sangre que le alumbra. Apostó y se la jugó Ventura en cada envite, en cada embroque y en las piruetas de salida. Más allá de al límite. La emoción se había corrido al tendido como un fuego imparable. Y lo avivó el torero en las cortas y la rosa con Remate, para luego recetar un rejón entero que le elevaba a la altura de su reinado. Ése que ya es suyo en solitario. Quince puertas grandes de Madrid en catorce años. De locos. De reyes…

Fue soso el primero, que se paró pronto y casi no humilló. Lo recibió con Campina y empezó a construir una faena muy de lidia con Nazarí, ese caballo -dicho queda ya tantas veces- que es capaz de todo y que luce con todo tipo de toros. Porque pisa terrenos reservados sólo para los elegidos. Se lo permite su corazón y su tan especial sentido del temple. Ambos le imprimen al caballo una seguridad enorme y al torero, la máxima confianza en él. Seguridad y confianza que, al fundirse en el hombre y en el animal, se traduce en la compenetración y química que ambos comparten y que sale tan a flor de piel de lo evidente en las plazas de toros. El ejemplar de San Pelayo acusó más su sentido reservón conforme avanzó la lidia, por lo que apostó Diego por Lío, otro caballo capaz de llegar muy a la cara para provocar, quebrar y clavar. Lo intentó y lo hizo a pesar de casi no hallar correspondencia en el comportamiento del burel. Lo parado que fue sí facilitó, en cambio, el broche de la faena con Remate en un carrusel de cortas al violín durante el que Ventura se volcó literalmente sobre el morrillo del toro, que era noble, para clavar con suma precisión. Cobró un rejón entero de efecto fulminante y Madrid pidió y concedió la primera oreja de la tarde para el jinete de La Puebla del Río.

Menos aún ayudó el tercero, Riojano-16, que tuvo la complejidad, además, de su falta de ritmo y de su modo incierto de embestir. Lo cuidó de salida clavando un solo rejón de castigo con Guadalquivir y apostó por Fino para abrir el tercio de banderillas buscando la facilidad de este caballo para llegar muy a la cara para provocar y clavar. Pero no encontró nunca Ventura la respuesta adecuada en el toro, esperando siempre, y al que sólo pudo dejar una banderilla citada en corto y haciéndolo todo el rejoneador. Como luego con Bronce, con el que literalmente se tuvo que echar encima para provocar, al menos, el impulso mínimo para clavar. Lo que tenía su complejidad por el ritmo cambiante y a la espera del toro, que se tapaba. Tiró de recursos como la piruetas a la salida de los embroques con Importante, a las que el público reaccionó valorando la entrega del torero, cuya labor se fue complicando según avanzó la faena por la condición del toro. Tras el carrusel de cortas con Toronjo, pinchó varias veces y se apagó ahí el eco por su esfuerzo.

Crónica: web oficial Diego Ventura.

Foto: Agustín González Arjona.

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