El broche que agosto merecía

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Diego Ventura, fiel a su cita con el triunfo, corta tres orejas en Antequera.

Un mes de agosto como el que ha completado Diego Ventura merecía un corolario como éste. De once tardes, ocho salidas a hombro. Un dato que lo dice todo, pero al que llena de contenido el puñado de faenas para el recuerdo que deja firmadas el jinete de La Puebla del Río. Como síntesis de todas ellas, como compendio, la de hoy al segundo terrón de su lote. Un buen toro, noble y con movilidad, al que Ventura le hizo lo que quiso. Para empezar, con Lambrusco de salida, garrocha en mano y a portagayola. Salió con pies el astado, aceptando el envite del torero, a milímetros de la cola del caballo, encelado desde el segundo uno y así sostenido con el pulso milimétrico. Emocionante. Como rebosante de torería los recortes con la grupa para dejarlo fijado, sobre una loseta. Y los lances a cuerpo limpio, toreando todo y con todo desde el cuello y hasta la grupa. Tenía el ritmo el toro de Luis Terrón, así que decidió Diego que siguiera creciendo Guadalquivir en su nuevo rol recién estrenado en el tercio de banderillas. Sabe Diego lo que hace cada vez que decide algo así. Llevaba tiempo probándolo, pensándolo, buscando el momento. Y ese momento ha llegado en plena vorágine de un mes de agosto espectacular. Todo lo hizo bien Guadalquivir, todo. Con la clase que le es propia, innata. Toreó de costado cosido el burel al estribo. Y clavó metiéndose debajo al de Terrón, volcándose sobre él después de haberle dado toda la plaza en los cites dejándose ver y querer. Le siguió Nazarí, en su versión total. Ese privilegio suyo tan suyo que es su sentido del temple, ese imán natural, ese don que le pertenece y que le permite dominar de tal manera la embestida de los toros. Es un derroche de belleza. Como la forma en que Dólar fue acortando las distancias en busca del primer encuentro con el toro para clavar una rosa. Todo tan despacio. Y la locura luego del par a dos manos sin cabezada, ese momento que los aficionados le piden a Diego casi desde que pisa la plaza. Tuvo el jinete que pedirle paciencia a quienes desde el tendido se lo solicitaban nada más comenzar la tarde. Tenía que llegar el momento propicio, que fue en el punto álgido de esa faena al segundo, en otra exhibición de doma, cada día más perfecta, de Ventura con este caballo que es la culminación de tantas cosas. Más que ligado, ligadísimo, fue el carrusel de cortas con Toronjo. Sin solución de continuidad. En lo que los demás clavan una, dejó él las tres. Pinchó arriba antes de cobrar un rejón entero que tiró de forma espectacular. Quizá fuera a ese pinchazo a lo que se agarró el presidente para no concederle el rabo que la gente pidió con fuerza. Cosas de la autoridad.

Una oreja le cortó al noble pero apagado primer toro de su lote, al que paró con Bombón. Algo frío de salida el ejemplar de Luis Terrón, logró Ventura meterlo en su empeño a base de convencerlo sin obligarlo. Tenía un ritmo pausado el toro y lo disfrutó Diego en banderillas, primero, con Lío, clavando al quiebro. Tres dejó. La última de ella, a toro y caballo parado, el cite muy en corto y precisión suiza para hacer la suerte. Luego, con Bronce, instrumentó el jinete cigarrero inmensos muletazos con la pañosa viva que es este caballo, sin duda, la sensación de la temporada en la cuadra venturista. Su momento es sublime. Su seguridad, su confianza, los terrenos que pisa y cómo los pisa. Su solvencia y, sobre todo, su torería llenan el ambiente, el escenario, y los colma, los reboza, los ilumina. Clavó cortas con Prestigio y recetó un gran rejón de muerte. Pudo haber sido faena de dos orejas. A esas alturas, andaba la gente aún un poco fría. Todo lo contrario que después, cuando se entregó por entero a la pasión de un Diego Ventura colosal. Como su mes de agosto entero.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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