La ilusión también cabe en el último segundo

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Diego Ventura corta las dos orejas al sobrero de la tarde tras no tener suerte en su lote.

No era justo el marcador a cero después de tantas cosas como habían pasado en el tiempo reglamentario. No era justo que Gijón y Diego Ventura no pudieran sellar con la vehemencia del triunfo una tarde como la de hoy, tan intensa, tan emotiva, tan pletórica, tan arrebatada. Pero se acababa la tarde y el marcador se quedaba a cero por mor de que el torero pinchó su soberbia primera faena y de que no tuvo rival en el segundo, un toro difícil de imaginar más manso. Así que pidió Diego el tiempo extra del sobrero y la empresa aceptó. Bendita decisión la de ambas partes porque, a partir de ella, sobrevino lo que Gijón merecía, lo que su público quería a tenor de lo que para él significa el encuentro con Diego Ventura. Y entonces apareció…

Apareció esa ilusión que también cabe en el último segundo. Irrumpió inserta en la sangre brava de Travessado-82, el sobrero de María Guiomar Cortés de Moura, un toro con encendida movilidad y enclasada nobleza que fue el cómplice perfecto para que Ventura compusiera su lección magistral. Para comenzar, recogiendo a la puerta de chiqueros a su acompañante, que no enemigo, a lomos de Lambrusco y sirviéndose de la garrocha. Primera declaración de intenciones, que alcanzó su máxima expresión en el tercio de banderillas brutal de tantas cosas con Fino, uno de los caballos más completos del momento y de los últimos tiempos, llamado a ocupar un lugar sobresaliente en la historia moderna de los caballos toreros. ¿Qué no hizo Diego con Fino? Porque lo hizo todo. Y todo con la pureza derramándose como un río. Toreó de costado con el toro cosido a milímetros, muy cosido a pesar de la intensidad con que toro y cabalgadura se emplearon. Y recortó metiéndose por dentro cuando parecía que no había sitio. Pero lo hizo. Y cambió de costado como quien pestañea y clavó quebrando después de citar de largo, dejarse venir al de Guiomar, esperarlo y hacer la suerte casi que sobre los pies (o sobre las patas), quedándose y clavando para luego salir como si despegara un avión. Sensacional. El Bibio clamaba de felicidad ante lo que estaba viendo. Explotaba su ilusión, la que se cumple y es más especial cuando se cumple en el último segundo. Faltaba la corona, el remate, que llegó con Dólar en un par a dos manos sin cabezada eléctrico en el antes y en el después, pero detenido en el tiempo en el durante. Como quiera que el culmen del rejonazo estuvo a la altura de todo lo demás, la concesión de las dos orejas fue inapelable. Se cumplía la gran ilusión de El Bibio y de toda su gente.

Esa misma que se quedó prendida en el lamento del ay por el fallo a espadas de Diego Ventura ante su primero después de una actuación también sideral. Fue bueno el toro de Romao Tenorio y el jinete cigarrero lo cuajó de principio a fin en un clamoroso tercio de banderillas. Primero, con Importante, cada vez más importante por las cosas que hace y por dónde las hace: allí donde cada pirueta, por ejemplo, es un cara o cruz en el que se juega la suerte y mucho más. Con Bronce, dejó Diego un par a dos manos de ejecución perfecta. Y con Quillas, rizó el rizo de la forma de ir y de salir de la cara de los toros con levadas interminables ante el asombro del público. Levadas que no son sólo un adorno, un efecto, sino un cite en sí mismo porque el rejoneador de La Puebla del Río la apura hasta casi llegar a la cara del toro, allí cuadrar y clavar para salir otra vez con el caballo alzado de manos. Un recurso de nueva incorporación en la puesta en escena de Diego, que sorprende y maravilla. No fue justo que pinchara, pero pinchó porque el toreo no siempre es justo.

Con todo lo narrado hasta aquí, cabe decir que tuvo también mucha importancia su lidia al mansísimo que hizo quinto. Un astado de Romao Tenorio que, literalmente, huía cuando sabía cerca a la cabalgadura. Tal fue que la gente pidió con fuerza su devolución aunque ésta no cupiera según lo que marca el reglamento. Sólo la calmó la lidia tan exacta de Nazarí, su capacidad para convencer al que huía como huía este toro. Porque se metió en sus dominios, le dio la ventaja de su querencia y, sin forzar, le convenció porque le hipnotizó. En su terreno. Dominio pleno a partir del toreo. Impresionante lo de Nazarí, un caballo sencillamente perfecto. Como el astado no iba, se fue Ventura a por él con Lío. Citando muy de lejos, galopando para llegar a él, pararse a un metro de la cara, provocar la arrancada, quebrarle y clavar. Un prodigio. Un delirio. Un derroche. Una exhibición. Una faena muy importante, de tratado. Por eso no era justo que, después de tanto, el marcador se quedara a cero. Hasta que apareció la ilusión, ésa a la que merece la pena esperar hasta el último segundo.

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