Mandar en el tiempo

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Diego Ventura corta dos orejas en Aranjuez.

Masticaba aún Diego Ventura el amargor por lo poco que le ofreció su primer toro cuando salió el segundo, también de Luis Terrón. Y nada tuvo que ver éste con el anterior. Tan desrazado aquél, tan bravo éste. Un toro enclasado, que se movió con bien y al que el rejoneador cigarrero bordó en cada uno de sus tiempos. El tiempo, eso que da contenido a la vida. Que la prolonga y la dimensiona. El tiempo: ese espacio en el que vivimos, pero que tan pocos manejan hasta mandar en él. Detenerlo o ampliarlo según sea preciso. En ello, en mandar en el tiempo, en forjarlo, en determinarlo, en dimensionarlo, mandan Diego y Nazarí. Dos magos unidos en nombre del toreo. Un caballo con la sensibilidad del hombre y un hombre, capaz de saber entender la sensibilidad de un caballo. Y se funden siendo uno cuando pisan la arena de oro del gran escenario de la vida que es una plaza de toros. Como en Aranjuez.

Qué manera de manejar el tiempo, de mandar en su naturaleza, de ralentizarlo, de pausarlo, de revivirlo. Qué forma de hacer que un segundo dure como mil a los ojos de quienes les miran dominar de tal forma las embestidas de los toros. Ya sea de costado, ya de frente. Ya encelando y conduciendo, ya citando y encontrándose en ese punto exacto en el que viven Ventura y Nazarí. Como hoy en Aranjuez, una de esas noches que escriben una historia. Fue sublime todo con Nazarí, como fueron mayúsculos los dos pares con Dólar. A dos manos y sin cabezada. Confiada la suerte de la suerte al instinto puro del caballo y del hombre hechos uno. Dos pares diferentes, pero con la semejanza del valor incalculable de aquello que hoy ven los públicos y los aficionados en una plaza cuando torean Diego y Dólar. Para la historia del rejoneo, de la que son dueños también Ventura y su sueño hecho realidad.

Cuando el jinete mostraba las dos orejas del quinto, con ese punto de íntima satisfacción en su mirada, como quien acaba de saldar una deuda con las circunstancias, estaba también curando el agravio del desencanto por tanta sosería del toro de Terrón como frustró la primera faena. Justo por eso, tremendo el valor de las banderillas al quiebro con Lío, tan al límite. E imponente la autoridad de seda de Bronce, ese don de poder al bueno y al malo como si ambos fueron buenos. Quedó todo en una ovación, cuyo eco duró lo que Diego Ventura con Nazarí y Dólar decidió que los designios de su suerte son cosa suya.

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