Mecer el tiempo mientras se torea

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Diego Ventura, aunque sin obtener premio, vuelve a dejar un gran sabor de boca en la México.

Volvía Diego Ventura a la México con el eco aún encendido de toda la magia de aquel 11 de noviembre grabado a fuego de ley en los anales de la memoria y de su emoción. Una tarde aquella engrandecida aún más por ésta de hoy, que pone de manifiesto porque lo extraordinario lo es. Lo que es único es único por cuanto tiene de milagro que se hace verdad. Aquello lo fue. También hoy hubo pasajes fuera de lo ordinario, porque no pasa todos los días que se toree tan despacio como el rejoneador lo hizo a su primer enemigo, que fue un toro de gran clase, al que cuajó al ralentí.

Tuvo este primer toro una calidad inmensa, que se expresaba en el son tan mexicano de su embestida. Tan a compás, tan despacio, tan mecido. Así las cosas, compuso Ventura una faena deliciosa y de una belleza plástica sublime porque no es sencillo acoplarse tan de salida a un ritmo así, tan detenido, y pulsearlo con la misma tersura. Y es que lo hizo desde el primer encuentro con Joselito: acariciando su nobleza para, lejos de afligirla, multiplicar su dimensión. El tercio de banderillas fue una gozada porque el temple se manifestó en grado sumo. No sólo en el toreo de costado. No sólo en las pasadas por dentro, por entre el espacio justo entre el bravo y las tablas. No sólo en la forma de dejárselo llegar. Sino, sobre todo, en una banderilla de clamor, perdiéndole pasos casi andando para detenerse de pronto, dejarse venir el trote acompasado del ejemplar de El Vergel y, cuando ya lo tenía bajo los pechos, batirle y clavar en un tiempo que duró por todos los tiempos. Un deleite. Como lo fue a continuación la actuación de Diego con Bronce, que es la belleza natural derramándose a borbotones en cada acción de un animal nacido para ser torero. Recogió de inmediato el jinete con él la embestida del toro, se lo envolvió como en una espiral, le metió la cara literalmente entre los pitones y, pisando ese terreno, lo toreó desafiante y desafiando, pero también acariciando cada embroque por lo despacio que se rebozaba en ellos. Es casi imposible torear más despacio y pasándose al toro más cerca. Clavó rosas en carrusel con Prestigio para apurar su faena porque el de El Vergel se fue ya parando hasta ponerse algo brusco a la hora de la verdad. Trataba Diego Ventura de hallarle el lugar exacto para el rejón de muerte, pero echaba la cara arriba el astado, lo que derivó en dos pinchazos previos al acero final. Fue el único desliz de una composición exacta en todo lo demás.

Ningún eco hallaron sus intentos por minimizar el instinto huidizo de su segundo oponente, también de El Vergel. Fue un toro que salió rajado, abanto y barbeando tablas, sin querer saber nada de pelea alguna. Fue desagradecido con el recibo del rejoneador a portagayola con la garrocha montando a Bombón, un inicio en el que ya cantó sus intenciones con evidencia. Lo intentó en banderillas con Bronce, pero no hubo más afán en el manso que irse detrás de su cobardía. Abrevió y, tras clavar las cortas con Toronjo, mató después de varios pinchazos, lo que dejó en Diego Ventura un rictus de inocultable desencanto.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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