Oreja de mucho peso para Morante en Aranjuez

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El cigarrero dejó lo mejor de la tarde como regalo de despedida al Rey Don Juan Carlos.

EFE

Morante, El Juli y Manzanares regalaron una tarde de gloria a don Juan Carlos. No podía haber mejor tributo para que el toreo despidiera a su aficionado más ilustre, máximo estandarte de su defensa en unos tiempos tan controvertidos. Porque don Juan Carlos siempre ha presumido su amor por lo taurino. Así lo ha demostrado y lo ha exhibido con orgullo allá donde fuera. Sin escrúpulos, sin miedos, delante de quien hiciera falta, y siempre desde el respeto.

Una pasión heredada de su madre, doña María de las Mercedes de Borbón y Orleans, Condesa de Barcelona, una verdadera devota de la fiesta brava, y que hoy, precisamente, también se la homenajeaba en la bicentenaria y remozada plaza de Aranjuez, cuyo Palco Real servía ahora para que su hijo se despidiera de la vida pública por la Puerta Grande.

El cariño de la gente fue extraordinario toda la tarde, en la que ovaciones y vítores no cesaron de sucederse por parte de unos aficionados que, sin importarles el tremendo calor que hizo, cubrieron las cerca de 9.500 localidades que dispone el maravilloso coso ribereño, el segundo más importante de la Comunidad de Madrid y uno de los más antiguos de España.

La Marcha Real sonó con más emoción y respeto que nunca. Era la última vez que se interpretaban de forma institucional en honor del considerado “Rey de los Toros”, arropado por su hermana, doña Pilar; su hija, la Infanta Elena; y su nieto Felipe Juan Froilán de Marichalar y Borbón.

También los toreros contribuyeron al cariz histórico de la efeméride, al ofrecer una entretenida y triunfal tarde de toros.

Morante llevó a cabo una primera faena de destellos muy toreros tanto con el capote como con la muleta ante un “jandilla” en el límite de la raza y de las fuerzas. Faltó unidad y, sobre todo, continuidad, pero hubiera tocado pelo de no fallar con los aceros.

Los sones del “Concierto de Aranjuez” pusieron un ambiente precioso a la faena de Morante al cuarto, toro manso, sin clase ni finales, pero al que el de la Puebla del Río pegó muletazos cumbres. Erguida la figura, la barbilla encajada en el pecho y la torería más absoluta brotando como por arte de magia. Cortó la oreja de más peso de la tarde.

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