Que cincuenta años son una vida entera…

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El rejoneador cigarrero corta tres orejas en el Coso de las Palomas.

Porque cincuenta años es una vida entera, tan llena con todos sus días y sus tardes de toros, bien merecía la pena homenajear a Algeciras con una exhibición como la que desplegó Diego Ventura en el Coso de las Palomas. Un despliegue de capacidad y de frescura, de dominio y de torería. Otra constatación del momento culminante en el que vive asentado desde hace años, pero que cada año va superando. Y eso que no halló enfrente un par de toros como la ocasión merecía, porque el lote de Benítez Cubero tuvo un pecado común: la falta de celo y de raza. Desarrollaron nobleza, es cierto, pero no explotaron nunca, tendieron a mansear y se desenvolvieron con cierta pesadez. A ambos se impuso con dos faenas cimentadas sobre un control exacto de los tiempos de cada lidia y su rebasar siempre el límite que hace estallar los tendidos.

Muy evidente de todo esto fue su obra al segundo. Como queda dicho, pesado en sus evoluciones, como apático. Lo paró con Velásquez y le llegó una barbaridad con Fino para hacer la suertes. Pero aún subió un escalón más con Bronce en ese sobrepasar todos los límites y, como es habitual con este caballo, se metió entre los pitones y no se cansó de desafiar la condición retraída del burel, toreando por la cara, confrontando la frente del caballo a la testuz del toro para quedarse clavado y arrodillado de las manos a escasos tres metros y ahí citar y luego clavar, cómo no, asomándose al precipicio. El armazón de la faena estaba hecho, pero quizá no había calado al tendido la exposición que estaba asumiendo Ventura hasta que prendió la mecha que lo dinamitó todo y que se llama Dólar. Otra vez el par a dos manos sin cabezada que no deja de ser un puro deslumbramiento tarde tras tarde, infalible, imposible. Con su medio siglo a cuestas, se puso en pie Las Palomas como un resorte único al tiempo que Diego desaparecía de la escena con Dólar, mandando sólo con las piernas y perdiendo pasos hacia atrás. Cuando el público se sentaba, irrumpió de nuevo el jinete en el ruedo con Remate y una terna de cortas que clavó al violín en el perímetro mínimo de la precisión máxima. Algeciras desistió entonces de sentarse… Tras un primer pinchazo arriba, cobró un rejón entero de efecto fulminante, que le puso la rúbrica en la cima que la tendencia a más de la actuación del cigarrero requería. El doble trofeo fue inapelable.

Tuvo nobleza su primer toro, pero también la faltó vida, gracia. Lo acarició de salida con Joselito y lo templó hasta el infinito con Nazarí, con el que se metió y lo toreó por dentro haciendo virtud de la tendencia mansa del ejemplar de Benítez Cubero. En esta ocasión, la cumbre llegó al clavar al quiebro con Lío, en los medios, a toro parado, asumiendo el torero todos los pros y todos los contras, marcando los tiempos de la suerte con una precisión impecable. No quiso prolongar más la faena y, tras las cortas con Remate, le recetó un rejón entero tras el que el toro se amorcilló y tardó en caer, lo que pudo enfriar en parte la petición de premio, que, en todo caso, le puso en las manos el primer apéndice de la tarde. La misma en la que Diego Ventura iluminó los cincuenta años y toda su vida del Coso de Las Palomas de Algeciras.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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