Qué te quiero, Zaragoza…

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Enorme lío de Diego Ventura en la Misericordia.

Zaragoza tiene algo. Algo que a Diego Ventura le motiva y le espolea. Le inspira. Zaragoza es escenario propicio para grandes obras made in La Puebla del Río. Lleva pasando mucho, lleva pasando desde siempre. También este sábado, cuando el jinete rozó un nuevo rabo en la Misericordia, el de su segundo toro de Ángel Sánchez, que no será porque la gente –la que manda en los toros- no lo pidiera con fuerza y unanimidad suficiente. Y eso que Zaragoza no es plaza de regalar nada. Por eso el valor inmenso de la pasión con que se entregó y pidió el premio máximo para la obra máxima –otra más- de Ventura en la Misericordia.

No es comentario nuevo éste, pero merece la pena insistir en él: estamos ya en octubre, con la temporada terminando. Una campaña que, en su caso, se solapó con la de México y, ésa misma, con la de 2018 en España. Pero no asoma el cansancio en su ánimo. Ni el humano atoramiento después de tantas tardes de exigencia y de presión, después de tantas faenas que coronarían cualquier otra trayectoria. En la de Diego, se suman como capítulos de un libro sobre el rejoneo en toda su dimensión al que no se le conocen antecedentes.

Lo suyo en la apertura de la Feria del Pilar fue otro terremoto, un temblor del nivel más alto en la escala que mide los fenómenos sísmicos en el toreo. Cómo describir lo suyo ante el quinto… Desde el recibo en los medios y sin probatura alguna para clavar el rejón de castigo hasta el toreo de costado de un ajuste impresionante, casi improbable, pero posible en su pulso, pasando por los quiebros que helaban el instante entre la gente de tan al milímetro como hizo las suertes. Incluso, hasta la reaparición de Morante de manera exclusiva para sorpresa y felicidad de la gente. Tan impecable todo, tan perfecto, tan espectacular, tan emocionante… Tan de verdad. Es el toreo a caballo en estado puro, con toda su carga de pureza y toda su carga de emotividad. Lo que lo hace único y pone de acuerdo a miles de almas. Esa unanimidad con que la Misericordia se tiñó de blanco. No hubo rabo, pero sí dos orejas que coronaron un idilio que dura. Y es que Zaragoza tiene algo…

Fue buen toro también su primero. De haber caído antes en su muerte, tal vez habría cortado Diego Ventura las dos orejas. Fue ahí donde se enfrió algo la gente. Pero es que, como queda dicho, Zaragoza mide y exige, lo quiere todo redondo, por eso es tan importante lo que vino después, lo ya contado. Fue ésta otra faena milimétrica y exacta del Genio de La Puebla. Porque es rizar el rizo del temple lo que hizo al torear de costado. Y es lanzar al aire la moneda de tu propia suerte lo que hizo al quebrar. Y es darse por entero por más que sea octubre en una temporada que empezó cuando lo hizo 2018 y aún sigue. Y aún seguirá… Se fue Diego a hombros de Zaragoza en loor de multitud, esa sensación tan suya, ese navegar por las nubes de la pasión de la gente agradecida por tanta felicidad. Lleva pasando mucho, lleva pasando desde siempre…

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