Salvador Fernández Álvarez

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Por José González Arteaga.

Nuestro pueblo, por desgracia, carece de un patrimonio artístico y cultural importante. Bien porque no se hayan dado hechos interesantes o no se conozcan aún, o porque verdaderamente no haya jugado un papel de entidad históricamente hablando, lo cierto es que estamos desprovistos de noticias que nos permitan recuperar ese patrimonio y por el que podríamos llegar al conocimiento de nuestros ancestros más lejanos. Parece ser, pues, que nos tendremos que conformar, por ahora, -aunque algún investigador local está intentando remontarse en el tiempo-a que somos un producto de la conquista castellana, y nuestros orígenes no se remontan más allá del siglo XIII.

Lo mismo ocurre con nuestras gentes. Puebla no ha dado personajes de renombre nacional en el aspecto cultural, pero sí ha habido alguno que lo ha hecho a escala provincial y regional. A uno de ellos quiero rendir aquí mi modesto y más sincero homenaje, reconocimiento y admiración, a la vez que -llevado por mi vocación docente- pretendo dar a conocer su vida y su obra, con la seguridad que al hacerlo descubriremos aspectos nuevos de nuestro pueblo y de su entorno más cercano.

Me estoy refiriendo a D. SALVADOR FERNÁNDEZ ÁLVAREZ, maestro, médico y poeta. Nacido en La Puebla en 1896, cursó sus estudios de bachillerato en los Escolapios y las carreras de Magisterio y Medicina en Sevilla, doctorándose de la última en Madrid. Contrajo matrimonio con Natalia Fernández Campos, con la que tuvo tres hijos. Ejerció como médico en el Viso del Alcor, trasladándose a Sevilla, donde practicó su especialidad (dermatología) en la calle Daóiz, 13.

Sin embargo, nunca olvidó a su pueblo, como lo expresó nada más comenzar su discurso de entrada en la Real Academia de Buenas Letras sevillana, con estas palabras:

“Yo nací en un pueblo que se une con la marisma, buscadora del mar. La alegría de un pueblo con ansias cumplidas de marisma, tiene un extraño sonido que no es carcajada, ni siquiera risa; es una sonrisa buena que abrocha el semblante. Los pueblos de la marisma dan a sus hijos algo de su carácter…”

Tampoco olvidó jamás su niñez ni omitió su profundo catolicismo:

“¡Hoy respiran en mi corazón todas las campanas de la alegría! Y lo hacen con un girar tan acelerado, que me hablan de los años niños, cuando en el pueblo, la mañana de la Eucaristía, era un concierto de muchas esquilas por la rapidez de su voltear, impulsadas por unos brazos robustos; y me recuerdan, que también mis brazos de adolescente lograron, a impulsos de la Fe, apagar la voz de aquella esquila grande en aquella torre humilde…”

…Corpus de mis años mozos,

cuando ponía el romero

sus alfombras por las calles

y en la atmósfera su aliento…

Así pues, el decidirme a publicarlo hoy este medio y en este momento (pues como verán por la fecha abajo indicada hace ya algunos años que lo escribí) es sólo con la intención de que se conozca su figura y exaltar su vocación cigarrera y literaria; esta última despertada en él muy pronto, pues ya en su juventud comenzó a sonar como poeta, publicando en revistas de la época algunos de sus trabajos, muchos de ellos hoy perdidos y quedando sólo en el recuerdo de sus familiares más afines.

Dicha vocación ya no la abandonó, y fruto de su enorme sensibilidad y buen hacer fue su nombramiento como Académico de la Real Academia de Buenas Letras sevillana, cuyo discurso de recepción, del que ya hemos hecho mención, leyó el 12 de junio de 1949, siendo contestado por el también académico, amigo y poeta coriano Juan Rodríguez-Mateo. Al mismo tiempo jugó un papel importante en el Ateneo hispalense.

Ya por aquellas fechas había publicado cinco de sus obras y de diverso contenido: “Cristales”,que ha desaparecido incluso del archivo familiar; “Siluetas Líricas” (1937), con prólogo de Cayetano Villanueva; “Sol y Nubes” (Poesía, 1945), prologado por Rafael Laffón; “De la Gesta Española”, con la colaboración de José Mª Gutiérrez Ballester, Conde de Colombí; y “Prosas de Vega y Marismas”(1947), con prólogo de José Mª de Cossío, como no podía ser menos. Más tarde, en 1952, publicó “Devociones populares (San Teodomiro, hijo y patrón de Carmona)”, con prólogo de Manuel Carrera Sanabria, Canónigo, y también Académico; en 1963 obtuvo el premio del V Certamen literario de novela “La Hora XXV” con la novela corta “En el cerrado de los luceros”, que junto con la ya citada “Prosas de Vega y Marismas”,le valieron el ser definido como el “Poeta de la marisma”, donde estuvo siempre su corazón y su poesía. Finalmente, en 1965, aparece “Cuando Sevilla es dolor y Baladas místicas”, destacando el prologuista, Francisco López Estrada, la enorme sensibilidad y humanidad del autor.

De Salvador Fernández podemos decir, después de haber leído y releído su obra, que su amor estuvo compartido entre su familia -su esposa, sobre todo, del que fue un eterno enamorado- y su pueblo, al que dedicó su pregón en las fiestas del Corpus allá por los años finales de la década de los sesenta -con el que por cierto se inició esta actividad cultural y ya tradicional en nuestra localidad, y que fue leído por “nuestro poeta local” Martín Vega Sanz-, pregón lleno de amor, sensibilidad y nostalgia. En correspondencia, las autoridades municipales lo nombraron hijo predilecto, rotulándose con su nombre una de sus calles. De todas formas, creo que ha llegado el momento de hacerle un verdadero homenaje, que podría consistir en la reedición de algunas de sus obras, para lo que, desde estas líneas, hago una llamada de atención a la concejalía de Cultura de nuestro Ayuntamiento.

Pero como por el momento esto puede estar aún algo lejano, voy a intentar acercarme a sus principales obras, con el fin de familiarizarnos poco a poco con ellas y con su autor.

Así, de “Cristales” ya decía el escritor José Mª del Rey:

“Su verso es a modo de escala que le sirve para la ascensión desde el medio de la profesión a que dedica habitualmente su actividad, hasta un estado absolutamente distinto en donde la luz del entendimiento se llena de un fluido que cristaliza en palabras bien trabadas por certera arquitectura…”

En este libro de poesías de diverso tema, se conjugan los recuerdos localistas de la lejana niñez -el campo, el amor incipiente, las fiestas aldeanas- y las impresiones recibidas en el deambular ciudadano. En una de sus composiciones deja entrever un fondo de amargura compasiva a través de un tema realista, que no nos resistimos a consignar:

TABERNA DE BARRIO

Sobre la mesa una copa

que se deslíe en el vino;

un ¡ay, ay!, que se pierde…

la parodia de un suspiro.

 

Un flamenco que otros años

supo jugar cuchillo

y en el cuero de su cara

un romance lleva escrito.

 

Una mujer de la vida,

o de la muerte, es lo mismo,

que vende calor de carne

y risas de labios fríos.

 

Olor de sucia cocina,

bodega de barco antiguo,

atmósfera de aire negro

que se respira macizo.

 

Cuarenta cartas que juegan

sin cambiar nunca de ritmo,

las suelta un pillo y las coge,

para trampas, otro pillo.

 

Un “Patrón” que es serpentín

donde destilan los vicios

sus esencias de lujuria,

de robo, de sangre y vino.

 

…Un ¡ay, ay! que se pierde…

la parodia de un suspiro,

y el dibujo ensangrentando

que pintan blancos cuchillos.

…Sobre la mesa una copla

que se deslíe en el vino.

“Siluetas líricas” es un inspirado romancero de la Semana Santa sevillana, donde nos muestra el cielo sin par de Sevilla en las noches abrileñas, la luna redonda y grande, el emocionante paso procesional de las imágenes por los lugares más recónditos y recoletos, la escalofriante e imborrable estampa de los penitentes, la fervorosa devoción del pueblo…y todas las misteriosas manifestaciones insuperables de nuestra Semana Grande, recogidas de una manera aguda, certera y brillante.

De todos, nos decidimos por reproducir los fragmentos de

EL PENITENTE 

En la emoción de la noche

lo vi pasar por las calles;

era el antifaz caído

como un péndulo en el aire;

en los hombros una cruz

lo inclinaba hacia delante;

sus pies descalzos tenían

salpicaduras de sangre.

 

Alto, delgado, inflexible

como saeta que sale

disparada para el cielo

desde un arco de rosales.

Supo andar de pecador

por los caminos triunfales,

y supo hacer penitencia…

Era un arco de inefables

rosas de arrepentimiento,

su corazón tras la Imagen.

 

En la mañana serena,

cuando la moneda grande

del Sol nacía en Oriente,

se alejaba vacilante

un fantasma negro y rígido…

y cuando pude alcanzarle,

de esta guisa, temblorosos,

dijeron labios exangües:

 

¡Ay, si pudieran los médicos

sacar esta espina grande

que el corazón me atraviesa

y me hiere sin matarme!

¡La espina de mi pasado

es la cruz de mi linaje!

Esto dijo, y resplandores

de fe incendiaron la calle.

En “Sol y Nubes” reunió el poeta medio centenar de poemas con denominaciones evocadoras: “Mosaico”, “Canciones de gloria y dolor”, “Estampas con relieve” y “Frente al mar”. De esta última nos permitimos exponer, a modo de ejemplo, estos depurados versos:

VISIÓN DE LOS PUERTOS 

Cádiz, tacita que quiere

fundir los rayos del sol

para hacerlos alfileres.

 

En la isla de San Fernando

cada reja es un saludo

y una palabra temblando.

 

Puerto Real, los pinares

dicen al mar una copla

con dejo de soleares.

 

¡Puerto de Santa María!

donde una tarde se hundió

la estrella que yo quería.

 

Las aguas del mar adentro

llevan a Rota la sal

de un saludo marinero.

 

En Chipiona en la tarde

suspiro del sol cuajado

en versos del oleaje.

 

Entre aguas de mar y río

bogando va por Sanlúcar

un corazón que es el mío.

Rafael Laffón, en un preludio que tituló “Salvador Fernández Álvarez y las Buenas Musas”, decía del libro que “recoge un amplio cielo de poemas donde los frutos agraces de insospechados deliciosos sabores, se ven ir madurando, dorándose redondos bajo la gracia de toda una genealogía de soles poéticos…”, y resalta sus semblanzas de los antiguos días de hospital, rememorando     imágenes de niñas que morían. Valga este poema como exaltación:

MI ENFERMA PREDILECTA

Esta noche de encantos infinitos,

Luna de Pascuas en la Noche-Buena,

ha cerrado sus ojos para siempre,

mi enferma predilecta.

 

De su faz en las nítidas facciones

han cincelado sus horribles muecas

la muerte, y al mirarla entristecido,

no pude conocerla.

Esta noche parece que en el cielo

brillantes han nacido más estrellas;

esta noche no brillan refulgentes

sus ojos en la tierra.

 

Hermanas que en el mundo conocisteis

el tesoro real de su inocencia,

hacedle por amor una corona

de mirtos y azucenas.

 

…Si al quitarla del lecho donde yace

sentís un algo leve que aletea

no dudéis de que gime y se desangra

la copla de mi pena.

En “Prosas de Vega y Marismas” el poeta cierra los ojos hartos de impresiones urbanas, y los abre de nuevo para recrearse sensiblemente en su adolescencia e hincarlos en la marisma misteriosa, pero ya viéndola morir como consecuencia del progreso. El símbolo de esta tierra lo ejemplifica en la figura del “patero”:

 “…Antúnez era una sombra de lo que fue; en su rostro, eran las arrugas como cortezas retorcidas en los acebuches viejos, y su cuerpo se respaldaba en la peña, como en las ancas de un caballo imposible… Antúnez, hierático, sublime, apoyado en la chivata como en un trabuco de sus años mozos, era el Patero inmóvil que esperaba la muerte de pie y despacio, como su andar por   la vida”.

Cuatro obras dejó, al parecer, inéditas, -al menos no la hemos encontrado ni en nuestra desesperada búsqueda en librerías de viejo ni en el archivo familiar-: un ensayo sobre “España en 1922”; una novela, “Juan Mambrú”; un florilegio de poemas, “Senderos”, y el “Breviario lírico de Sevilla”, del que ofreció un avance en su discurso de entrada en la Real Academia. Igualmente dejó en preparación -y de lo que tampoco tenemos noticias- una obra en prosa, “Triunfo y exégesis del Rocío” y “De Simón Verde a Bonanza”.

Terminemos esta breve semblanza de nuestro insigne cigarrero con las mismas palabras que lo hizo Rodríguez-Mateo en su contestación a su discurso tantas veces mencionado: “Bienvenido sea a esta Academia quien ha sabido difundir por los campos de la literatura española la fértil savia de su delicado espíritu potenciada por el color, la luz, el aire, las flores y los sentires de nuestra tierra bendita”.

La Puebla del Río, 2 de noviembre de 2004

José González Arteaga

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