Semana llena de triunfos para Diego Ventura

102 0

El rejoneador cigarrero dejó huella en Huesca, El Puerto, Málaga, Ciudad Real, Guijuelo y Alfaro.

Diego Ventura vive un momento dulce. Se expresa en su máxima dimensión allá por donde va y, aunque a veces no goce de esa pizca de fortuna para completar una tarde redonda, marca en cada plaza que es anunciado. Durante la pasada semana, el cigarrero vivió tardes en Huesca (oreja y ovación), El Puerto de Santa María (tres orejas), Málaga (oreja y fuerte ovación), Ciudad Real (cuatro orejas), Guijuelo (dos orejas) y Alfaro (dos orejas). Trece orejas en una semana. Lo noticiable, quizás, es cuándo no triunfa esta máxima figura. Porque el triunfo, en su calendario, es una rutina.

Huesca | Menos de lo Merecido

Tarde a la contra la de hoy en la Feria de la Albahaca de Huesca para Diego Ventura, muy determinada por el juego tan vacío de los toros de Passanha. De escaso fondo, ayudaron muy poco a pesar de que el jinete cigarrero desplegó otra exhibición de recursos técnicos, de doma, de valor, de ambición y de capacidad para enganchar con la gente, que no dejó la menor duda de la disposición total con que encaró su reencuentro esta tarde con esta plaza y esta feria de San Lorenzo.

El primero de su lote fue un toro tremendamente deslucido. Desrazado y sin clase, no le ayudó nunca, a pesar de que Ventura lo trató como si fuera bueno. Lo paró con Lambrusco con el que clavó dos rejones de castigo tratando de espabilar la sosa acometividad del ejemplar de Passanha. El tercio de banderillas fue un puro ejercicio de lidia y de brega, de montarse encima del astado para sacarle más partido del que tenía. Arriesgó de verdad al llegarle tanto con Lío para quebrar y clavar porque el toro casi no se inmutaba y, desesperadamente reservón, lo esperaba sin intención alguna. Pero no se escudó Diego en ello y, lo dicho, se montó encima de él en cada banderilla que clavó. De muy alto nivel fue el par a dos manos con Bronce y el toreo por la cara que le instrumentó en un despliegue de seguridad y de valor y aun sabiendo que no hallaría recompensa en la misma medida en que daba entrega. Mató de un rejón certero y le fue concedida una oreja.

Aún peor fue su segundo enemigo, del mismo hierro de Passanha. Lo paró con Campina con dos rejones de castigo y luego, ya en banderillas, como antes, todo surgió de la mano del torero de La Puebla del Río en aras del triunfo y de corresponder al cariño de la afición oscense. Lo logró por momentos, sobre todo, con Fino, con el que ejecutó dos rehiletes al quiebro que tuvieron verdad y emoción por el ajuste en el encuentro y en la misma nuez de la suerte. Puso en liza entonces a Dólar tratando de mantener lo más alta posible la conexión con el tendido, cosa que logró. Lástima de los dos pinchazos que le hicieron echar pie a tierra para descabellar porque ahí perdió la opción de premio.

El Puerto de Santa María | Diego Ventura no es de este mundo

Diego Ventura no es de este mundo. No es una opinión, más bien, parece una constatación. Una prueba que se reafirma así misma cada tarde de toros donde él está. Su techo parece lejos aún. Su nivel, estratosférico… y subiendo. Su cuadra, inalcanzable e irrepetible…, salvo en el caso de Diego Ventura, cuya chistera nunca tiene fondo. Su motivación, por las nubes. Después de veinte años, por las nubes aún. Y si todo se reúne como sucedió hoy, pasa lo que pasa: que el espectáculo surge insuperable. Maravilloso, deslumbrante, único. Y la gente es feliz ante tamaño acontecimiento. Por eso le espera como cantó el recibo con palmas por bulerías nada más que pisó el ruedo antes de la lidia de su primer oponente. Fue como un augurio, la expresión de una expectativa, la expectación de una ilusión. Y todo ello se cumple: el augurio, la expectativa y la expectación. Por eso la gente es feliz cuando viene a los toros a ver a Diego Ventura. Como a descubrirle aun después de veinte años. Como a dejarse conquistar, como dispuesto a enamorarse. Es lo que hace heróes a los héroess.

La faena a su primer toro, un excelente ejemplar de Ruferser, fue un lío muy gordo, en el que Diego Ventura dio un recital de maestría, de frescura, de inteligencia, de torería, de sentido del temple y de dominio de la escena. Una obra cumbre del cigarrero, que cuajó de principio a fin la acompasada emebstida del astado, un punto mansito, pero que desarrolló un ritmo exquisito. Como un caramelo en la puerta de un colegio: el material propicio para que el Genio echara a volar toda su genialidad en una composición que está ya entre las más importantes de su gran temporada de 2018. Recibió al toro con Guadalquivir y pronto lo fijó sobre los cuartos traseros, girando en torno a él muy despacio, suave, como acariciándolo, como convenciéndolo para que se quedara allí. Y el toro lo hizo. Y abrió Diego el tercio de banderillas con ese caballo total que es Fino, estando el astado algo cerrado a tablas, lo que aprovechó el jinete para meterse por dentro, apurando el espacio justo que había para terminar de meter al público en todo lo que vendría después. Que fue mucho. Mucho. Una enormidad. Cada banderilla con Fino, quebrando a base de llegar muy a la cara, jugando al límite con los espacios, exponiendo al provocar la acometida del animal al mismo tiempo que quebraba. Luego, las piruetas. Una, dos, tres, cuatro… Todas las que cabían y más. Pero todas ellas, otra vez, allí donde el aliento de los pitones ya quema. Y todas ellas también con una coreografía exacta por lo a compás que surgían. Y luego Nazarí, el caballo torero por excelencia. La consumación de todo a lo que alguna vez se pudiera aspirar que hiciera un caballo. Lo de Nazarí es estratosférico. Y lo de la conjunción de Ventura con él, para que se estudie con el paso de los años. Único. Increíble la forma con la que invade la intimidad del toro y se lo cose a su mando, tan de seda, a ese pulso tan milimétrico para recorrer metros y más metros como en una espiral, hilado casi al estribo del torero, sosteniendo su paso y su velocidad, marcándola, imponiéndola. Ni siquiera sin irse de la suerte, tan pronto soltaba sin soltar a su oponente del envite de costado, lo encaraba a dos metros escasos y clavaba con una reunión perfecta. Y así, por tres veces. Como tres cortas al violín dejó Diego Ventura en el centro del ruedo, también con una precisión impecable en su reunión con Remate. El rejonazo fue fulminante y el ejemplar de Ruferser que cayó como una pelota a su vez, rubricando con su muerte la belleza tan homogénea, tan bella, tan deslumbrante de la faena del jinete cigarrero. Dos orejas incuestionables y El Puerto arropando su vuelta al ruedo con palmas a compás.

La faena a su segundo toro fue de rabo. Y lo hubiera cortado porque la gente, en el tendido, se asentían con la cabeza unos a otros mientras se miraban, felices, y con ese mirada se decían que lo que estaban viendo era de otro mundo. De otro nivel. De otra liga. Si Diego Ventura no cortó ese rabo es porque tuvo que descabellar después de un rejón que cayó perpendicular. Si no, ahora les estaríamos contando la rúbrica perfecta a una faena sideral. Y eso que este quinto no fue el toro anterior. Fue otro toro. Noble, sí, pero rajado. Nada que excusar. Diego salió a por todas desde que lo recogió a portagayola con la garrocha montando a Lambrusco. No se prestó demasiado el de Ruferser, pero consiguió luego Ventura fijarlo y encelarlo con la grupa con pulso de terciopelo para luego, tras clavar, pegarle varios lances a cuerpo limpio con el caballo hecho capote que derrocharon torería cara. La faena en banderillas fue de más a más todavía. Y eso que el nivel ya quedó puesto muy alto con Bronce, maravilloso toreando por la cara, tan a milímetros, tan colocada la cara, tan metido en la suerte, tan dominante, tan torero… Ventura y Bronce dominaban y se manejaban en ese espacio mínimo con una solvencia apabullante. Como el cite a dos metros, inclinada la cabalgadura, desafiante y arriesgando por la distancia con que lo hacía para clavar en corto y poner ya a la gente en pie para que no se sentara más. No le dejó la impresión de cada banderilla con Lío, llegando tanto también a la cara y reuniendo en un solo gesto el cite, el quiebro y la salida con el toro de Ruferser metido literalmente debajo de Lío. Tampoco le dejó la sensación de Quillas y su levada eterna con la que Diego Ventura llega a dos metros escasos del toro para entonces clavar. Una locura la plaza. La locura de la felicidad. Faltaba el colofón a esa pasión desbordada que llegó con el par a dos manos sin cabezada con Dólar y otra exhibición de doma sobre las piernas abrumadora y sublime. En lo que se tarda en clavar una rosa, dejó Diego las dos con Remate para que, hasta el final, su obra siguiera con ese hilo de la continuidad en su argumento y que tanto emociona a la gente. Pinchó una vez antes de cobrar un rejón entero tras el que precisó descabellar. Ahí perdió el rabo, pero, aún así, pidió el público con fuerza la segunda oreja, aunque la presidenta sólo concedió la primera. Daba igual. Ver a Diego Ventura salir a hombros rodeado de tanta gente y, sobre todo, de tanta gente joven daba cuenta de lo que había generado: la felicidad plena en la gente que hoy le vio en El Puerto constatando que, en efecto, Diego Ventura no es de este mundo…

Málaga | Una vez en la Vida…

Exhibía Diego Ventura el portento de su doma con Dólar adornándose con él con la única guía de las piernas mientras La Malagueta, puesta en pie, lo aclamaba al grito de “torero, torero”. De clamor, que es de donde viene aclamar. El pueblo, entregado al héroe que con una lidia perfecta, para aficionados y profesionales, le había ganado la partida a un toro que salió manseando y que no se empleó ante la garrocha del torero a lomos de Lambrusco y que se puso a la defensiva, tosco y agrio, luego en banderillas. Pero salió Fino a la plaza y el pulso fue apasionante. Se la jugó Diego con él a cada segundo, en cada lance. Se la jugó de verdad porque el ejemplar de Guiomar no quería cercanías y trataba de quitarse a puñetazos lo que le molestaba. Y lo que le molestaba era la grupa de Fino hecha bamba de una muleta viva, que se ofrecía una y otra vez pulseando su acometida mientras completaba una vuelta completa al anillo. Al trote el cuatreño hasta que decía nones y soltaba con violencia la cara. Lejos de aliviarse, tanto le insistió Ventura cada vez más en corto, que alguna vez sufrió el apuro de los pitones alcanzando al caballo. Pero era el precio que había que pagar por ganar. Y en ello siguió el cigarrero, siempre por la cara, paciente e inflexible, convencido de que ganaría. Lidiando al roce incierto de los pitones del Guiomar y en pasadas inverosímiles, sin espacio, a favor de la querencia hacia adentro del toro, que fueron un continuo cara o cruz. La primera banderilla con Fino fue de un mérito increíble por lo corto que citó sin dejar de pasar por la cara de su oponente y sin que éste se parara, pero, aún así, le batió a dos metros y clavó con una suficiencia de otra galaxia. Fue el momento en que Diego Ventura marcaba el punto de inflexión del pulso. Y lo había ganado. Las otras dos banderillas también con Fino fueron sensacionales: citando de largo, dejándose venir al toro al trote y perdiéndole pasos hasta el momento último de la reacción hacia adelante para embrocar y quebrar sin moverse del sitio, clavar y salir majestuoso. Un pasaje para escuelas de rejoneo el día que las haya. Esa labor de lidia académica con Fino la culminó luego Diego con Bronce, toreando también por la cara, dominando los terrenos que la lógica física dice que es del toro. Ya ganada la pelea, Diego Ventura se puso a disfrutar desplegando su arsenal de espectáculo total que se asienta en la base de una doma prodigiosa. Porque sólo así es posible esa levada que no termina nunca con Quillas –la sensación del verano- hasta llegar ante los pitones para hacer la suerte, yendo al toro, no yéndose de él. Y con Dólar, donde la simbiosis perfecta que forman torero y caballo, hombre y animal, enamora a los públicos. El de Málaga se puso en pie después del par a dos manos sin cabezada con Dólar, de dentro hacia afuera, yendo muy despacio al encuentro para pasar igual de despacio y clavar con ajuste milimétrico. Por eso se puso en pie La Malagueta al clamor de “torero, torero”, mientras Diego Ventura exhibía el portento de su doma. ¿Habría sido de rabo la faena de haber matado igual de sublime que había toreado? Pregunta sin respuesta objetiva. De dos orejas, ¡seguro! Y, por tanto, de puerta grande en otra plaza de primera. Pero el rejón entró defectuoso y el descabello, tan certero siempre, se le cruzó esta vez al jinete de La Puebla del Río. Se perdió el premio grande, el premio muy grande que Málaga le tenía preparado en pago a lo que acababa de ver. Como se decían dos aficionados en el tendido “de las cosas que ves sólo una vez en la vida”…

Todo salió de su chistera ante el primero, manso y reservón. Lo notó Diego ya de salida, en el recibo con Guadalquivir, tercio que completó con un único rejón por cuanto que comprobó el escaso celo del toro de Guiomar. Sacó entonces al dueño de este tipo de situaciones que es Nazarí, con el que consiguió encelarlo y torearlo de costado, si bien, no fue sencillo imprimirle un ritmo sostenido al toro que, alguna vez, soltó algún que otro derrote seco, que Ventura y Nazarí evitaron con su sincronía natural. Tres banderillas clavó después de apurar mucho los encuentros al cuarteo y meterse al astado bajo el estribo. Sin estridencia alguna, con la elegancia que emana de lo absolutamente natural. El momento álgido de la faena lo protagonizó con Lío, en dos rehiletes al quiebro de mucha emoción. El primero, en la querencia del toro, muy pegada a tablas la cabalgadura con el astado viniéndose al trote y andarín, midiendo, a lo que Diego respondió aguantando el encuentro hasta lo máximo posible para quebrar y clavar en un único gesto. El segundo, citando muy en largo, galopando hasta llegar a dos metros, frenarse, provocar, quebrar, clavar y salir sorteando sin irse la acometida tarda del burel. Emocionada, La Malagueta saltó al unísono y se terminó de entregar a la ambición y a la capacidad magistral del jinete de La Puebla del Río. Cerró su obra con las cortas al violín montando a Remate, para luego recetar un rejón entero que tiró enseguida al de Guiomar. Málaga premió con una oreja la exhibición de dominio venturista.

Ciudad Real | Marcar la diferencia

Diego Ventura es un torero histórico que está escribiendo la historia del rejoneo en tiempo presente. Sin forzarlo, sin pose alguna, dejando sólo que el toreo fluya y sea el argumento de cuanto tiene que legar, el jinete de La Puebla del Río hace de cada tarde un acontecimiento. Un gran acontecimiento. Cada día con él en una plaza de toros es una página dorada de un libro plagado ya de oro puro y de oro vivo. Algún día será una leyenda, un artista del que se leerán cosas grandes y que se rememorará con el aura de lo inolvidable. Pero será algún día. Ahora, hoy mismo, Diego Ventura es un genio desatado y esplendoroso en el mejor momento de su esplendor. Y eso, claro, marca la diferencia.

Si viene de escribir dos tardes inmensas y magnas en El Puerto de Santa María y Málaga, hoy fue Ciudad Real el escenario de su último gran acontecimiento. Compuesto en tres actos distintos y mayúsculos. De más a más. Como quien va desgranando las claves de su magisterio, como quien va deletreando la esencia de su legado que lo será para los restos. Para siempre, pero, no lo olviden, en tiempo presente. En el primer acto, expuso la forma en que hay que ir esculpiendo al toro que es bueno pero que hay que ir, eso, esculpiendo, haciendo, dando forma. Poco a poco, con tersura, con pausa, con tacto. Toreo líquido el suyo ante el primer ejemplar de Lora Sangrán, toreo del que fluye, del que se va derramando. Cumbre Lío en cada quiebro de escalofrío.

En el segundo, le plantó cara y le impuso su autoridad y su mando a un toro complejo por geniudo y áspero, que pedía papeles, que se quería comer el mundo a base de asustar. No contaba que existe un prodigio con alma de caballo que se llama Nazarí, dueño y señor del toreo en su más amplia expresión. Un caballo de leyenda, del que, como de su alter ego, se leerá en los libros el día de mañana. No se puede ir más de frente ni más de verdad ni más valiente ni más despacio a tanta acritud. Y tampoco contaba el de Lora Sangrán que se viene forjando en este 2018 revelador otro caballo llamado a ser histórico y que va tornando en oro el Bronce de su nombre. Vean las fotos de Arjona, mírenlas. Comprueben dónde pone el toro sus aviesas intenciones y donde le pone el pecho, la cara y el alma Bronce. Faena cumbre con el premio justo y lógico de las dos orejas.

El tercero no estaba reservado a Diego Ventura, sino a Óscar Mota, un torero joven que hoy vivió la cara y la cruz de la profesión que ha elegido el día en que todo debía haber sido cara. Porque suyo fue el protagonismo al comienzo de la tarde cuando el propio Ventura le dió la alternativa. En ese mismo toro sufrió una caída y se fracturó el peroné. La cruz para él y por eso el sexto toro le correspondió también a Diego, director de lidia. En un gesto de torería, compartió su lidia con Lea Viçens. Se midieron ambos a un toro bravo que se movió con mucha vida y al que el Genio bordó, sobre todo, con Bronce –otra vez Bronce-, ahora, en su versión de disfrutar y romperse con un toro bueno. Se recreó Diego, se rebozó, se salió, gozó cada pasaje de una faena intensa que encendió de pasión al tendido. La cima: un par a dos manos que marcó la diferencia. Culminó el cigarrero con un gran rejonazo y sumó su segundo doble premio de la tarde, compartido, claro está con Lea. Enorme el espectáculo ofrecido. Inolvidable. Apabullante la redondez de un torero definitivamente instalado en la excelencia. En ese trono desde donde se marca la diferencia.

Guijuelo | Exigencia y respuesta de figura

Nueva puerta grande, y van veinte de veintisiete tardes (incluyendo dos en Portugal), para Diego Ventura al final de una corrida, la de hoy, que pone de manifiesto que no hay tarde sencilla ni cómoda cuando eres figura máxima del toreo y la expectación que te sigue te obliga también a dar cada día lo mejor porque es lo mejor lo que el público espera. Fue el caso en Guijuelo, cuya plaza se llenó a la llamada de un cartel de lujo por el mano a mano del cigarrero con El Juli. Y ello obligó a responder a esa ilusión en el tendido, en el caso de Diego, ante una terna de toros de distinta condición.

Ello marcó una actuación a más de Diego, con el punto álgido de la faena al quinto de la tarde, tercero de su lote. Un toro de Ángel Sánchez que, dicho queda, se movió intenso y arreando, pero sin clase, lo que llevó al torero, primero, a ordenar y poner ritmo a esa condición para luego explotarla en un final de obra de altas sensaciones y mucha transmisión con el tendido. Lo paró con Campina dejándoselo llegar mucho y doblándose con él para domeñar su acometida. De ello se encargó también después Bronce, que una tarde más ha tenido un protagonismo muy destacado ante toros de distinto comportamiento. Con éste, más exigente, se metió en esos terrenos que tan bien domina y donde todo lo que se hace tiene un alto grado de compromiso. El final de fiesta que terminó de meter al público en la faena fue con Quillas y su espectacular levada para llegar al encuentro y hacer la suerte y luego con Dólar, en un par a dos manos sin cabezada ejecutado con el astado en los medios y yéndose muy de frente a la cabalgadura. Mató en segunda instancia y el premio final se quedó en una oreja.

Otra le cortó antes al tercero, segundo de su lote. Un toro que fue noble y que se movió mucho y con el que desarrolló una nueva demostración de temple exquisito con Nazarí, que se cosió al astado al estribo y lo condujo de costado en un pasaje que entusiasmó al público. Arriesgó luego Ventura con Lío –lo mejor de esta segunda faena-, en banderillas al quiebro dando todas las ventajas de su querencia al ejemplar de Ángel Sánchez, con la cabalgadura asumiendo el envite muy por dentro y dejándoselo venir para reaccionar, batir y clavar en un palmo de terreno. Realmente emocionante. También fue notable la actuación de Toronjo en las cortas, el mejor corolario para que Diego inaugurase su marcador de trofeos.

Se quedó sin ellos –al menos, sin uno- en el primero, el toro menos potable de su lote porque, aunque noble, fue soso y se prestó poco a la energía y movilidad que precisa Ventura para su concepto. Todo partió de él, del largo recorrido de sus recursos técnicos y de su ambición. Por ejemplo, con Fino, con el que tuvo el mérito de torearlo de costado completamente cerrado a tablas, planteando la batalla al toro en su propio terreno. Y luego, con Bronce, en su vertiente más lidiadora, de invadir y dominar en los terrenos de cercanías donde se metió para encelar y encender la embestida a menos del astado. Tras un brillante carrusel de cortas con Lobato, pinchó y hubo de descabellar, lo que redujo el balance a una ovación.

Alfaro | La razón y la pasión

El toreo, para conmover, necesita por igual de la razón y de la pasión. En el orden que quieran. La razón, para atender a cuanto de ciencia tiene la Tauromaquia. La pasión, por cuanto aporta de emoción, ese temblor inevitable que hace inolvidables a las artes. Un temblor –esa emoción- que hoy se hizo presente y patente durante toda la tarde por la forma en que Alfaro acogió, arropó y se entregó a Diego Ventura. Se lo tienen negado por estos pagos de La Rioja, tierra sabia y muy taurina que hoy aprovechó que el de La Puebla del Río sí venía a una de sus plazas más importantes para declararle su pasión. Y con ella, como no puede ser de otra manera, vivió el conjunto de su actuación. Pasión para sentir y razón para entender las claves de las tres faenas de Diego a tres toros diferentes, pero que sirvieron en general, de Ángel Sánchez. Pasión para no aceptar que el palco no concediera la segunda oreja que pidió para él tras la faena al quinto toro. Una bronca importante, de indignación. Y razón para valorar que lo hecho por Ventura bien merecía ese segundo apéndice, también, como redondez de un balance final que se quedó corto para cuanto hoy compartieron Alfaro y Diego Ventura. Que habría sido un festín, de no haber errado en el rejón de muerte en sus tres faenas.

Fue esta tercera una obra marcada por la ambición con la que el jinete cigarrero salió a por todas. Porque esos fallos en la suerte suprema le habían impedido poner el corolario justo a lo que estaba viviendo en Alfaro esta tarde. Así que sacó a Lambrusco para recoger a portagayola al toro con la garrocha, una evidente declaración de intenciones para culminar su tarde. La sorpresa llegó en banderillas, al sacar a Guadalquivir, un caballo hasta ahora clave de salida. Y si sorpresa fue que saliera, más aún cómo se desenvolvió Guadalquivir, que toreó de costado como si llevara toda la vida haciéndolo y clavó dos rehiletes yendo muy de frente al astado, con belleza y pureza. Dos virtudes que alumbran también a Bronce, un caballo que está creciendo a un nivel por encima de todo lo esperado. Contado queda ya en muchas de las tardes precedentes: su forma de torear por la cara tan en las cercanías, tan dejándose llegar los pitones, allí donde el valor y el temple son condición imprescindible para hacer el toreo con la mezcla de elegancia y verdad con que lo hace Bronce; ese mismo temple para ligar de costado y ese mismo valor para, como Guadalquivirantes, clavar dando los pechos y metiéndose al toro debajo… Estaba entregada Alfaro, que vibró luego con la aparición de Quillas, con el que apuró Diego hasta el extremo la levada para irse hacia el encuentro con su oponente. Tras las cortas, pinchó con Toronjo una vez antes del rejón definitivo, lo que no fue óbice en ningún caso para que el público se entregara igualmente a la petición del doble premio para Ventura. Una petición sostenida desde la razón y desde la pasión. Pero una de las dos –o las dos- se ausentó del juicio del palco, que sólo concedió una oreja con la consiguiente broca, importante bronca del respetable.

La otra oreja de la tarde se la cortó el jinete cigarrero a su primer enemigo, de buena condición, que tuvo nobleza y que transmitió. Lo atemperó con sutileza a lomos de Bombón y le cuajó un espléndido y muy intenso tercio de banderillas con Fino y, sobre todo, con Bronce, que fue una muleta viviente para pasarse muy cerca al ejemplar de Sánchez, al que instrumentó bellísimos muletazos con su cuerpo, muy despacio y gustándose en el envite, como antes, de nuevo, toreando por la cara y dominando esos espacios reservados sólo a los privilegiados. Bronce lo es. Completó el último tercio Diego Ventura con Lobato en las cortas y pinchó también antes del rejón final, lo que redujo su premio a una oreja.

La cruz que hoy fue la espada le dejó sin recompensa tangible en el segundo de su lote. Otro bueno toro de Ángel Sánchez, que Ventura cuajó desde el recibo con Campina y, especialmente, en banderillas con un Líosoberbio. Sus quiebros fueron un deleite por la emoción del cite, dando siempre la ventaja al bravo, y el control del tiempo y los terrenos para quebrar, clavar y salir, prácticamente, en el mismo movimiento. En una acción sincronizada y perfecta, acompasada y precisa, porque sólo puede ser así para que surja con la limpieza y emoción con que Diego la resuelve. Antes de ello, expuso los secretos y las virtudes del temple, ese don mayúsculo que es patrimonio de Nazarí y que lo mostró hoy en su capacidad para imantar al toro al estribo y recorrer con él casi todo el ruedo como en una coreografía exacta. Otra vez pinchó Ventura y esta vez su recompensa fue una fuerte ovación del público de Alfaro, en una demostración más de su cariño para con Diego Ventura. Al que esperaba con expectación y al que ha disfrutado con delectación. Tal y como procede a quien vive el toreo desde la pasión y la razón.

  • Crónicas: web oficial Diego Ventura
  • Fotos: Agustín González Arjona.

Related Post

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *