Una de esas tardes que se leerá en los libros

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Diego Ventura culmina su gesta en Espartinas con ocho orejas y dos rabos.

Lo había imaginado justo así. Bueno, quizá, sin la presencia de la lluvia, pero justo así. Con una plaza llena y entregada, expectante y emocionada. Público, aficionados y profesionales venidos de lugares de toda España. Incluso de muchos sitios del mundo. Desde luego, del mundo taurino, como de Portugal, Francia y Colombia, pero también, por ejemplo, de Alemania. Gente venida ex profeso a la llamada de un torero que proponía hacer historia. Como siempre fue: un torero moviendo masas. Muchos medios de comunicación, especializados y generalistas. Invitados, amigos, toreros -grandes toreros-, artistas de diversas índoles y disciplinas. El cartel de “No hay billetes” puesto desde varias horas antes del comienzo de la corrida y gente quedándose en la puerta porque ya no cabía nadie más. Una fiesta. La Fiesta. El concepto de acontecimiento recuperado y renacido. Lo había imaginado justo así y así fue. Esa capacidad también de los más grandes de hacer verdad lo que sueñan.

Cuando marchaba a hombros de los aficionados por la Puerta Grande de Espartinas, se dibujaba en el rostro de Diego Ventura la expresión misma de la felicidad. De la plenitud también. Empapado de lluvia y empapado de felicidad. Había imaginado Diego mostrarse en toda la extensión de su Tauromaquia. En lo que fue, en lo que es y en lo que aún quiere llegar a ser. Y al final, casi tres horas después, la impresión era que lo había conseguido. Y ante toros de ganaderías muy distintas y de encastes muy distintos también. Fue noble y bueno el de Prieto de la Cal, que se dejó hacer. Complejo el de Pallarés-Buendía, cuya salida al ruedo impresionó por presencia y primeras reacciones. Bueno también el de Partido de Resina, impresionante también desde su salida, encastado y noble a la vez. Manejable el suyo propio, como el de Guiomar, al que le faltó un punto más de raza. Y con mucha clase el de Los Espartales, con el que Ventura firmó la faena más redonda de la tarde.

Frente a cada uno de ellos, seis faenas diferentes, en cuyo transcurso siempre latía en el ambiente la impresión de que podía pasar lo más inesperado. La alternancia de caballos históricos como Morante ante el toro de Partido de Resina después de que Nazarí, otra vez como tantas veces más, sublimara el milagro del temple, con debutantes como Jaguar, nuevos que van creciendo como Importante y Alcochete, incorporaciones que llegan para sumar como Vivaldi o la reaparición de Duelo y de Toronjo. Todo ello, sobre la base de los Lambrusco, Guadalquivir, Bronce, Fino, Lío y Remate. Y del clamor de Dólar, dejando para el recuerdo, quizá, el mejor par a dos manos sin cabezada que con él haya ejecutado el rejoneador de La Puebla del Río. Un despliegue de pasado, de presente y de futuro en una veintena de caballos seleccionados con el tacto de quien tiene su carrera en la cabeza como si cada momento le estuviera pasando aún hoy.

Fue la tarde un tratado de toreo a caballo, con las suertes que le son más propias a Ventura y las que alguna vez vio hacer a algunos de los toreros más grandes a los que admira y a los que hoy quiso rendir tributo. Como esa forma de entrar a matar con un estoque y de descabellar al quinto desde Bombón, como hiciera Álvaro Domecq. O al parar al sexto con la garrocha, al modo del maestro Buendía, para dejar uno de los pasajes más importantes de la tarde. Con la oportunidad brindada a dos jinetes jóvenes como Juan Manuel Munera y Manuel Moreno. Y el aditamento apasionante de los forcados de Alcochete, que rayaron a un alto nivel. Un despliegue, en definitiva. Una tarde de toros que fue como abrir la enciclopedia del tiempo y beber de ella. Justo como Diego Ventura lo había imaginado. Una de esas tardes que algún día se leerá en los libros.

Crónica: web oficial Diego Ventura.

Foto: Agustín González Arjona.

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