Diego Ventura durante la Feria del toro en Badajoz.

Ventura sí quiere buenos comienzos

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El cigarrero inicia su temporada con otra tarde memorable.

Realmente, Diego Ventura apenas se ha bajado de sus caballos. Lo hizo en Autlán de los que en México quedaron para subirse apenas unas horas después a los que en La Puebla quedaron, gozando primero del merecido invierno y aguardando luego que llegara quien mejor les entiende. De ahí, a Olivenza, sin pausa y sin solución de continuidad, para enlazar México con España (con Europa) como quien trenza una tarde de toros tras otra en pleno pico de la temporada. Y nadie notó siquiera el jet lag ni que hiciera meses que Diego no montara sus caballos estrellas. Nadie, tampoco sus caballos, que hoy rindieron al nivel que se les conoce como si Ventura llevara todo el invierno a sus lomos.

Fue llegar y triunfar, que Diego Ventura no tiene tiempo para otra cosa. Llegar y triunfar para delimitar a las primeras de cambio ese territorio que domina sin pugna alguna, donde asienta sus dominios para seguir ofreciendo, en otra nueva temporada, más que nunca y mejor que siempre. Aunque no tuviera hoy enfrente oponentes que le ayudaran demasiado porque el lote de toros –por soso el primero y por complicado el segundo- de Cortés de Moura se prestó menos de lo habitual. El menos de los dos, el segundo, que fue un toro con tendencia a quedarse por dentro y que ya de salida, frente a Campina, se ponía por delante. Se la jugó Diego en banderillas con Nazarí, ligando muy en corto y toreando de costado con el astado a un aliento de su estribo. Casi se metía debajo de la cabalgadura y pulseaba el jinete con precisión exacta para evitar alcances y no desengañar nunca. Ni se excusó ni se tapó Ventura, asumió riesgos e interrogantes y se puso a la búsqueda de las respuestas desde la verdad y desde la pureza traducidas éstas en banderillas ejecutadas, desde el cite hasta la salida, en el cara o cruz de embroques muy inciertos. Así fue con Nazarí y, si cabe, aún más con Fino, con el que Ventura clavó entre el toro y las tablas, metiéndose él en ese resquicio de lo imposible donde el cara o cruz tenía más de cruz que de cara. Faltaba que tanta exposición prendiera en emoción plena en el tendido, de lo que se encargó con Dólar en dos pares sin cabezada, otra vez, de una exigencia absoluta. Entonces sí, Olivenza se entregó si dudas. Abrochó el cigarrero su exhibición de capacidad con un rejón fulminante, que le dio las dos vueltas de llave al cerrojo de la primera puerta grande española de 2019.

Justo por el desacierto con el acero final, había perdido premio en su primero, que fue noble, pero al que le faltó transmisión. Después de pararlo con Lambrusco, lo acarició con la clase de Guadalquivir, que es belleza que se derrama sola, y lo cuajó en los medios del corazón de Olivenza con Lío al quebrar allí mismo en banderillas al quiebro y de sensación. Quiebros tan sobre los pies que encogían la respiración, un despliegue total de agilidad y de sincronía entre el torero y su caballo. Como el último de ellos, con la complicación de lo muy en corto que Diego Ventura planteó la suerte. Como queda dicho, pinchó y se quedó sin trofeos materiales, pero sí se guardó para sí una sincera y atronadora ovación de la plaza completamente llena y puesta en pie.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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