Vivir en el triunfo sin paliativos

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Diego Ventura firma una nueva mágica actuación, esta vez en Salvaterra de Magos.

Hacía quince años que no se llenaba por completo la Plaza de Toros de Salvaterra de Magos, que no se colgaba en ella el cartel de “No hay billetes”. Ocurrió, incluso, el día antes, lo que constata la expectación con que se aguardaba la llegada de Diego Ventura. Y, como de costumbre, nadie se fue indiferente, sino lleno de toreo. De toreo a caballo, de rejoneo del más alto nivel al final de una noche en la que la afición de Portugal pudo disfrutar de la mayor dimensión del jinete cigarrero, que vive instalado, incluso en su caso, en una asombrosa regularidad en el triunfo. Impresionante. En el triunfo y en esa dimensión que ofrece una actuación tras otra haciendo de la excelencia el denominador común de sus obras.

La faena grande de la noche llegó ante el quinto toro, como el anterior, con el hierro de Canas Vigouroux. Un toro que se prestó más porque se movió y porque lo hizo con transmisión. Lo paró con Guadalquivir en un recibo que tuvo el mérito de cuánto se dejó llegar Ventura a su oponente hasta metérselo bajo el estribo. Encarando la embestida muy de frente, ofreciendo los pechos del caballo para pasarse por ellos, muy despacio, toda la embestida del burel, ralentizar su paso y clavar. Dado que el toro le iba a servir y que en el anterior capítulo había pasado menos de lo deseado por él, puso en liza a buena parte de su arsenal en un tercio de banderillas soberbio y muy emocionante, donde no hubo tiempo para pausa alguna. Con Fino y con Lío, impresionó Diego Ventura por el ajuste que asumió, por cuánto de hasta el extremo llevó la ejecución de la suertes, por momentos, desafiando a las leyes mismas de la física. Explotaba el tendido después de cada banderilla sabedora la gente de la verdad del toreo del rejoneador de La Puebla del Río. La entrega total llegó con Dólar, en un par a dos manos sin cabezada que fue en sí mismo un prodigio de doma, de torear con las piernas, de entenderse el hombre con el caballo a golpe mismo de latido. Fue perfecto el par. Y muy despacio hecho. Y fue precioso asistir a la pasión con que el público lo acogió. Había merecido la pena dar una respuesta de lleno total por más tiempo que hubiera pasado.

La faena al primer toro del lote de Diego Ventura se resume en el juego muy deslucido de éste, por rajado, aquerenciado y agarrado al piso y la lidia de brega constante del torero, obligado a ir en busca de su enemigo una y otra vez o, también como tantas veces, a plantear los encuentros dándole al ejemplar de Canas Vigouroux la ventaja de su acometida hacia los adentros. Lo recibió con Lambrusco y cimentó el tercio de banderillas sobre Importante, que desplegó su innata capacidad lidiadora para imponerse y ganarle la acción defensiva a base de ir a buscarle y ser capaz de esperar la acometida y exponer una barbaridad en cada embroque. No cayó en saco roto la disposición del jinete y el público de Salvaterra, al que, por entonces, le quedaba aún lo mejor por vivir, le celebró en una clamorosa vuelta al ruedo.

  • Crónica: web oficial Diego Ventura.
  • Foto: Agustín González Arjona.

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