El río de La Puebla (I)

2223 0

José González Arteaga habla sobre la historia de uno de los patrimonios más importantes del pueblo cigarrero.

Tartessos, Betis, Guadi-Alquivir, Guadalquivir. Nombres míticos, históricos, familiares para la gente de La Puebla, que sabe de la existencia de embarcaciones fenicias, griegas, romanas, normandas y musulmanas surcando las aguas del “río grande”; y cómo ya, en el siglo XV, una vez descubierto el nuevo continente, vieron los galeones que bajaban y subían constantemente con destino a Sevilla y América.

El Guadalquivir ha estado siempre en la mente y en la retina de los cigarreros. Y somos conscientes que en él está el origen de nuestro pueblo, a él le debemos nuestra existencia, ya que, como hemos visto en la breve introducción histórica [1], fue creada por el Rey Sabio como fortaleza defensiva contra los musulmanes allá por el siglo XIII. Tenemos muchas incógnitas sobre la posterior evolución de nuestro pueblo, como ha quedado expuesto más arriba, pero lo que es indudable es que su origen está ahí, en las aguas del antiguo Betis, como muy bien ha captado un inquieto cigarrero/a que, con el seudónimo “Chus Molero”, dejó publicado en la revista “El Sabio Alfonso (Diez folios para el debate cultural)” (número 17, mayo de 2004) que edita la Asociación La Guardia, nacida para velar por la conservación del patrimonio cultural de esta antigua villa [2]:

                               Naciste en la Cañada de Agua Fría,

                                   en Sierra de Cazorla, vigoroso,

                                   estrecho y bravo, entre un bosque frondoso,

                                   llegando tranquilo a Bajo Guía.

                                   Te han dado nombres diversos, Tartessos,

                                   Certim y Circem para los arcanos,

                                   y Baetis te llamaron los romanos,

                                   Guadi-Alquivir el moro dejó impreso.

                                   Tu colaboración fue sustancial

                                   para la formación de nuestra comarca;

                                   con América fuiste esencial

                                   pues tus aguas tuvieron el carisma

                                   de henchir del reino de Castilla el arca.

Sin embargo, nuestro río no ha seguido siempre el trazado que actualmente presenta, sino que, a través de su milenaria historia, el cauce ha sufrido una serie de correcciones, desde finales del siglo XVIII, que han recortado en unos 50 kilómetros la distancia entre Sevilla y Sanlúcar de Barrameda, gracias a la realización de siete “cortas”, dos de las cuales –la de los Olivillos y la de la Isleta- están en el término de La Puebla, y que son las últimas realizadas –en los años setenta del siglo pasado- (ver fotos). Ello ha mejorado sensiblemente el estado que presentaba su cauce a finales del XVIII y principios del XIX cuando las condiciones se volvieron realmente desastrosas, como lo testifican las quejas cada vez más frecuentes en el curso de esos siglos. En 1794, la situación queda reflejada en una petición de los pilotos y prácticos de la ría, quienes notifican la imposibilidad para los navíos de proseguir su ruta en el río aguas arriba de La Costumbre sin alijar dos veces debido a la presencia de bajos infranqueables. El Informe decía así:

                       “…que todas las embarcaciones de mayor porte que entran

                       en los fondeaderos de Sanlúcar de Barrameda tienen un

                       fondo suficientísimo para subir por el mismo río, como lo

                       hacen, hasta el sitio que llaman La Costumbre, en que se

                       practica el primer alijo, porque a poco trecho después

                       principian los bajos, como el de la Ermita, el del Mármol,

                       el de la Saria y el de la Venta de la Negra… Que como desde

                       este punto vuelve el río a perder alguna parte de su anterior

                       fondo, se hace en él y en la Venta de la Negra el segundo

                       alijo; que a estos bajos se siguen el nombrado Casas Reales,

                       el de la Higuera, punta de la isla de Hernando y el de antes

                       de Coria…. (y) se hace en Coria el tercer alijo… Que al bajo

                       de la Torre de los Herveros… le siguen los del Copero y punta

                       del Verde y, finalmente… concluyen los bajos en el de la Pita” [3]

Las causas de dicha rectificación aparecen ya en el último tercio del siglo XVI, cuando la Casa de Contratación expresa las dificultades con las que se enfrentaban los navíos para navegar en el Bajo Guadalquivir, obstáculos que debían superar entre la Horcada (confluencia del Brazo del Este y del Brazo de Enmedio) y el puerto de Sevilla, provocados por la inestabilidad de los canales y de los “bajos”. Todo ello se vio agravado en el siglo XVII como consecuencia de la sucesión de una serie de avenidas importantes entre 1587 y 1650 y por el aumento de tonelaje y calado de los navíos.

Pero cuando las condiciones se volvieron realmente desastrosas fue en el XVIII, en que queda evidente la imposibilidad de los navíos de llegar a Sevilla sin alijar dos veces (en La Costumbre y en la Venta) debido a la presencia de bajos casi infranqueables.

Lo anterior se ve agravado por los peligros para la navegación de la barra de Sanlúcar, lo que origina un proyecto de unión del Guadalquivir con el Guadalete a través de un canal con el fin de evitar el franqueo de esta barra; proyecto que aprobado por Felipe III en 1613, fue bloqueado en 1620 y, más tarde, en 1624, por el Duque de Medina Sidonia, preocupado por preservar los privilegios de su puerto de Sanlúcar de Barrameda. Aunque en dos ocasiones (1640 y 1688) se intentó mejorar el canal de la barra, lo cierto es que en 1691 la situación había empeorado aún más y lo poco conseguido en el último intento fue destruido por la erosión.

Se llega, pues, a la primera mitad del siglo XVIII, cuando ya el Bajo Guadalquivir había perdido el monopolio en beneficio de Cádiz. A partir de entonces comienzan a aparecer los primeros proyectos de cortas y meandros, con una doble finalidad: facilitar la navegación desde el puerto de Sevilla hasta el mar rectificando el cauce del río y evitar las inundaciones en la ciudad de Sevilla.

Así, en 1795, y a la altura de Coria del Río, aparece la primera corta: la Corta del Torno de Merlina. La Compañía de Navegación del Guadalquivir se impone la tarea, años más tarde, de mejorar el tráfico del Bajo Guadalquivir, para lo cual recorta el meandro del Borrego (o de Casas Reales) por medio de la corta Fernandina, en 1815. En 1852, el Estado se hizo cargo de las obras de modificación y mantenimiento del Bajo Guadalquivir, realizándose en 1888 la corta de los Jerónimos por la Junta de Obras –había sido fundada en 1872-, con la consecuencia morfológica de que la Isla Mínima, inserta dentro de la Isla Menor, pasa a formar parte de la Isla Mayor. De 1909 a 1916 se realiza la corta de Tablada o canal de Alfonso XIII, inaugurado en 1926, y que hoy sirve de acceso al puerto de Sevilla, formando la “ría del Guadalquivir”.

En el año 1927 se aprobó un nuevo Plan General de Obras -cuya aplicación se retrasó bastante por circunstancias políticas- que tenía como uno de sus objetivos esenciales la apertura de un nuevo cauce del Guadalquivir al Oeste de Sevilla, a fin de defender mejor la ciudad de las inundaciones. Interrumpidas en 1933, las obras fueron reanudadas en 1946 y acabadas en 1950. Desde entonces se realizó, entre 1962-64, la corta de la Punta del Verde y se emprendieron grandes obras en el marco del proyecto del Canal Sevilla-Bonanza, basado en un proyecto de Canuto Carroza de1859, consistente en abrir un canal de unos 60 metros de ancho y de 68 kms de largo en la orilla izquierda del río. Las cortas de los Olivillos (1971) y de la Isleta (1972) supusieron la primera etapa de la fase inicial del proyecto, con la desviación del Guadaíra por medio de un canal de 22 kms de largo y con el inicio de las obras del canal para la navegación. Por otra parte, para facilitar el paso de la Broa de Sanlúcar, se creó, en 1971, un nuevo canal de una longitud de 4,36 kms y de un ancho medio de 100 m, con una prolongación de 2,22 kms y ensanchado de 60 m. Todas estas modificaciones se completan con dragados continuos para la conservación del cauce y en obras para la protección de las orillas.

En síntesis, la corrección del cauce del Guadalquivir redujo en 48,6 kms la distancia entre el puerto de Sevilla y el mar; supuso modificaciones importantes en el comportamiento de la marea y en el flujo fluvial; el estuario quedó casi rectilíneo; la concentración del caudal de marea en un canal único contribuyó al incremento de la subida del mar; y la fijación de cortas creó aceleraciones locales de la corriente de mareas favorables a esta evolución. Así, la corta de los Jerónimos incrementó la subida del mar en Sevilla de 1,76 m en 1870 a 2,05 m a finales de ese siglo. La amplitud se dobló en menos de dos siglos y, como señala Vanney, se trató de una verdadera reconquista de la función del estuario.

Las cortas concentraron, en general, el flujo de las avenidas en un brazo central bordeado de diques, con excepción de su paso por la Isla Menor, lo que impidió al río su tendencia a formar de nuevo sus antiguos meandros durante las grandes inundaciones. La aceleración de la expansión de las aguas aumentó los caudales máximos, pero la reducción de la sección inundable en las Marismas ha mantenido los niveles de agua. Este mejor vaciado de las avenidas ha aumentado notablemente la potencia erosiva del río, obstaculizando el nacimiento y el desarrollo de los bajos. No obstante, son necesarios dragados continuos para evitar su renacimiento o migración. Por otro lado, los riesgos a los que se exponía Sevilla a consecuencia de fuertes avenidas disminuyeron, debido al desplazamiento de las confluencias peligrosas hacia el sur, como la del Guadaíra.

Como consecuencia de todo lo expuesto, la modificación por el hombre del cauce del Bajo Guadalquivir apartó gran parte de las Marismas de las inundaciones marina y fluvial; hizo perder a los Brazos de la Torre y del Este sus funciones originarias y modificaba así de forma considerable la hidrología de la llanura palustre.

De ello se deduce que, salvo el cauce canalizado, el resto de las marismas ya no se beneficia casi de las aportaciones de sedimentos en suspensión del Guadalquivir (26 m3 para un año mediano), lo que disminuyó sensiblemente su índice de sedimentación. Por último, los efectos de esta evolución se vieron aumentados por el control del flujo obtenido por la construcción de presas en el río, aguas arriba de Sevilla, en particular en los afluentes de Sierra Morena y, más raramente, en las béticas, lo que ha provocado la atenuación de las puntas y de los estiajes en un año medio.

Pero al río no sólo le debemos el que haya sido nuestro origen, -como exponíamos antes de hacer este inciso sobre la modificación de su cauce- sino que, además, nos ha marcado, está omnipresente en todas nuestras manifestaciones, y nos atrevemos a afirmar que han conformado nuestra forma de ser, lo que ha dado lugar a que los “cigarreros” –desde siempre- nos hayamos identificado con nuestro río y hayamos puesto nuestras miradas en él, como muy bien nos lo ha expresado nuestro más reciente poeta local, Martín Vega Sanz, en una de las muchas poesías que le ha dedicado a La Puebla y al río:

                                   “Porque no quieres morir

                                   te abrazas a la cintura

                                   de La Puebla, que en clausura

                                   vive mirándose en ti,

                                   pero tienes que seguir

                                   y buscar la sepultura

                                   que te prepara en su hondura

                                   el mar, que será tu fin”.

Y nos miramos en él, entre otras razones porque no tenemos más remedio, ya que desde cualquier punto de este Cerro lo tenemos siempre presente: lo llevamos dentro, es algo nuestro, tan nuestro que no hemos descansado hasta añadírselo, como topónimo, al antiguo nombre: así, de La Guardia, pasamos a denominarla Puebla de Coria, Puebla junto a Coria, hasta conseguir llamarla La Puebla del “Río”.

De nuevo acudimos a la poesía para dejar sentado lo anterior, ahora de la mano del cigarrero que quizás más veces lo haya cantado, D. Salvador Fernández Álvarez:

                                   “Una estampa en canción quiero ofrecerte

                                   río Guadalquivir, porque eres río

                                   tan ligado a mi vida que eres mío

                                   en tu nacer lo mismo que en tu muerte.

                                   He movido recuerdos para verte;

                                   letanía de coplas; griterío

                                   de luz en perlas que cuajó el rocío

                                   del amor, porque en lágrimas se vierte.

                                   Pero toda tu historia y tu leyenda

                                   es Sol y Luna de ilusión lograda.

                                   ¡Guadalquivir!, caballo que sin rienda

                                   es señor de una brújula dorada

                                   que lo lleva a dormir sobre la senda

                                   del mar que se le brinda en almohada”.

Está, pues presente, en nuestras fiestas, en nuestra cultura, en nuestra economía, en nuestro ocio. ¿Se puede concebir el Corpus o la cabalgata de Reyes Magos sin la presencia del río? Si alguien lo duda, que lea estos versos de un cigarrero de principios de la década de los sesenta:

En honor al Corpus Christi

Puebla del Río está en fiesta.

El pueblo se ha desbordado

de sonrisas que se entregan

sobre un campo de marismas,

campo de jacas toreras

con el viento por jinete

y con caireles de estrellas.

El río Guadalquivir

ronda que ronda a la Puebla,

y embelesado en sus aguas

se duerme en sus riberas,

riberas de un verde río

andaluz por excelencia.

Puebla del Río se adorna

con sus vestidos de feria,

porque si Puebla es del Río

el río también es de Puebla.

Por eso como un galán

a sus aventuras se acerca,

y recoge en sus entrañas

la sonrisa y la belleza

de sus mujeres que ríen,

de sus mujeres que sueñan,

y la paz que se desprende

de la torre de su iglesia.

Cuando llegue el río al mar

con sus ilusiones nuevas,

y las olas le pregunten,

sólo dará esta respuesta:

En honor al Corpus Christi

Puebla del Río está en fiesta.

Y ¿qué cigarrero con una cierta sensibilidad y dotes no ha escrito, pintado, esculpido, pensado, en una palabra, creado, teniendo presente el río?; ¿por qué “El Grande” para la Exposición de pintura de Las Palmillas ha escogido ese lugar privilegiado junto al río?; ¿por qué hasta los años sesenta el lugar de ocio por excelencia de la gente de La Puebla era, sobre todo durante el descanso veraniego, el río?; ¿quién no recuerda el baño en sus aguas, las cucañas o la pesca de patos durante las fiestas del Corpus?; ¿quién no se sabía de memoria el horario de sus mareas?; por último, ¿cuántas familias no les deben el haber sido, tradicionalmente, su sustento? Tanto es así, tan presente ha estado en nuestro pueblo que el río era, durante el verano, nuestro lugar de ocio por excelencia, que ya las “Ordenanzas Municipales de La Puebla junto a Coria” de una fecha tan temprana como 1888, recogían normas para regular los “Baños públicos”, en el Capítulo V, y que, por su curiosidad, reproducimos enteramente:

 

“Art.144. La temporada de baños en el río durará desde el 14 de julio al 8 de septiembre.

Art. 145. Por la Alcaldía serán señalados los sitios donde con independencia han de bañarse los hombres y las mujeres.

Art. 146. No será permitido se bañen los niños más que yendo acompañados de personas mayores capaces de custodiarlos, y siempre sólo en el lugar destinado a los de su sexo.

Art. 147.Queda prohibida toda clase de juegos y alboroto dentro del agua, como también cualquier dicho o hecho ofensivo a la moral.

Art. 148. Todo bañista usará, según sexo, del traje que la decencia aconseja.

Los contraventores a cualquiera de los artículos anteriores incurrirán en la multa de 2 a 10 pesetas.

Creemos, pues, que no tienen desperdicio.

[1] El lector observará que este apartado lo exponemos en primera persona (plural mayestático); pero es que nos es imposible abordarlo de otra manera como consecuencia de nuestra identificación con nuestro río y la debilidad que sentimos por él.

[2] A partir de este momento, cada vez que insertemos algunos versos de esta persona nos referiremos con el seudónimo con que los ha firmado –“Chus Molero”- y el número de la revista en que lo ha hecho, pues se le han publicado en dos, si mal no recordamos.

[3] Ver Menanteau, L. (1984): “Evolución histórica y consecuencias morfológicas de la intervención humana en las zonas húmedas: El caso de las marismas del Guadalquivir”, en Las zonas húmedas en Andalucía, Monografía de la Dirección General de Medio Ambiente. MOPU.

El pase de diapositivas requiere JavaScript.

Related Post

Leave a comment

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *