El río de La Puebla (II)

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José González Arteaga habla sobre la historia de uno de los patrimonios más importantes del pueblo cigarrero.

Quisiéramos ahora intentar  demostrar un equívoco que hemos mantenido respecto a la tarea que ha  jugado  La Puebla con respecto al río. Siempre se ha creído que nuestro pueblo ha vivido de espaldas al padre Betis y que nunca ha jugado  un papel importante relacionado con él. Pues bien, en las últimas investigaciones que estamos llevando a cabo existen indicios de que no ha sido así, sino todo lo contrario. Resulta, que ya desde que comenzaron a surcar sus aguas aquellas carabelas y galeones que iban y venían de América y se instaló en  Sevilla la Casa de Contratación (siglo XVI), la antigua Guardia comenzó  a jugar una función primordial, al instalarse en ella el único puerto entre Sevilla y Sanlúcar, como lo indican las fuentes consultadas. Las primeras noticias nos las  proporciona el Catastro de Ensenada, que en sus Respuestas Generales, de 1751, nos dice, al responder a la pregunta 32, que “existen habitando en el pueblo un cabo, un teniente, un escribano, un patrón y cuatro marineros de la Barqueta de Aduanas, que ganan de sueldo 19.917 reales de vellón y 17 maravedíes anuales”. Igualmente, continúa la respuesta, “existen un Juez de Marina que goza de sueldo 3.000 reales de vellón anuales y un teniente de Capitán de Puerto que utilizará (sic) 100 reales de vellón anuales”[1].

Unos años más tarde, en 1785, Tomás López, en su Diccionario nos dice que “La villa de la Puebla junto a Coria, su pie baña el río Guadalquivir y es puerto principal en él”. Más adelante apunta: “Hay en este puerto un muelle de piedra muy antiguo, pero poco cuidado y así casi destruido. Hay una regular casa de resguardo de Ventas Reales, de aduana y tabaco, con barco y bote, un cabo, un teniente, escribano, cuatro guardas, un patrón y seis marineros. Hay un comisario de Marina en quien reside la jurisdicción de mar  para cuanto ocurre en las embarcaciones nacionales y con toda la gente de mar matriculada para armada y arsenales”[2]. Es indudable, pues, el importante papel que aún jugaba el puerto de la Puebla, a pesar de que hacía ya cerca de 70 años que la Casa de Contratación se había trasladado a Cádiz (lo hizo en 1717).

Desechemos, por tanto, esa idea del escaso protagonismo que ha tenido nuestro pueblo con respecto al río.

Cosa distinta es su utilización y aprovechamiento, pues hay que reconocer que   La Puebla no ha vivido tan intensamente del río como la vecina Coria, ya que nuestro pueblo ha sido tradicionalmente un pueblo agrícola y ganadero, gracias a la extensión y riqueza de su término[3]. A pesar de ello, no hay que obviar que, aún así, ha habido siempre una serie de hombres que, quizás, por vivir en sus mismas orillas,  se han identificado de tal manera con él que no han querido vivir de otra manera, que han dedicado toda su vida a sacarle de sus entrañas el fruto con el que poder mantener a sus familias, que no se plantearon nunca el vivir de otra manera, que no pensaron jamás en traicionar su vocación ribereña. Entre ellos queremos recordar –espero que no se nos escape ninguno- a los Cuqui, Cantillana, Pantomina, Carrasco, Conde, Churri, Capitán, Faele, el Silva (el mejor camaronero del entorno), y otros tantos, que con sus barcos recorrían sus aguas en busca del sustento diario, como muy bien ha sido capaz de  captar Chus Molero:

 

                                   “Punta del Muelle, madera, “Barqueta”,

                                   barca del Cuqui, trinquete, rezones,

                                   olor a redes, pesca, armazones,

                                   que bajaban más allá de la “Isleta”,

                                   para agenciarse con alguna treta

                                   albures, sábalos y camarones,

                                   y aumentar en algo la escasa dieta.

                                   Baños nostálgicos a media noche,

                                   adolescencia, divina amistad,

                                   largas conversaciones sin reproche

                                   que hacían que fuese nuestra existencia

                                   remanso de paz y tranquilidad,

                                   y de una inevitable confidencia”.

Como vemos, el cigarrero, ha tenido en el río un padre, un hermano, un amigo, con el que ha charlado, ha intimado, se ha sincerado, y del que ha aprendido:

 

                                   “¡Oh,  Guadalquivir!, has sido testigo

                                   de mis recuerdos, de mis correrías,

                                   dando rienda suelta a mis fantasías,

                                   por lo que siempre te llevé conmigo.   

                                   Me enseñaste muchas cosas en tu huída:

                                   a nadar, a ser cauto, tus mareas;

                                   me llenaste la cabeza de ideas

                                   y del sentimiento altruista de la vida.

                                   Retengo el recuerdo de tus olores,

                                   el de tu murmullo y de tu silencio,

                                   junto a tus inolvidables sabores;

                                   y me da escalofríos insistir

                                   en aquellos momentos admirables

                                   que no se volverán a repetir”.

Y cuando llegaba el verano – tiempo de ocio y de descanso-, el cigarrero ponía su mirada en sus aguas: aguas limpias, claras, transparentes, refrescantes, libres de contaminación, aguas sin ningún tipo de prejuicios –aunque a veces traicioneras, pues ¡a cuantos amigos y conocidos se  llevó!; pero ¿qué padre no se enfada alguna vez y castiga a sus hijos?-; y esas aguas nos envolvían, nos contagiaban  su independencia, su libertad, en aquellos años difíciles y oscuros, en los que el veraneo junto al mar sólo era privilegio de unos pocos, mientras que el resto nos teníamos que conformar -¡bendita conformidad!- con bajar hasta sus amplias y sombrías orillas, y jugar, nadar, retozar, para una vez cansados, destrozados por el esfuerzo, descansar bajo la  vegetación que hasta ella –la orilla- llegaba. ¿Cómo se pueden olvidar aquellos días mágicos y maravillosos pasados con toda la familia en “nuestro” río?

¿Y qué cigarrero no retiene aún en su pituitaria aquel olor  penetrante, característico y diferente de río que los delataba ante sus padres (siempre temerosos de sus aguas traicioneras) de dónde veníamos?  Y junto al olor, quedan imágenes imborrables de lugares comunes que aún están en el recuerdo: las “Mimbres”-con su “Caño Grande” y su “Caño Chico” (el de Cobano)-, el “Muelle”, el “árbol de Cristóbal”, y tantos otros. Nada mejor para rememorarlos que recurrir de nuevo a los sonetos de Chus Molero, que tan acertadamente reproduce  el sentir de todos aquellos que rondan, o han pasado  ya la barrera –peligrosa barrera- de los sesenta. Así nos describe las “Mimbres” y el “Árbol de Cristóbal”.

                       “Las Mimbres”

                        Recuerdos de huertas, huertos, pinares,

                        de álamos blancos y de eucaliptares,

                        de nuestras “Mimbres”,lugar sin igual,

                        cubiertas por tarajal y mimbral,

                        donde de niños hacíamos razias

                        hacia el “Caño Grande”, con gran audacia,

                        o por el “Caño Chico”, el de “Cobano”,

                        recoleto, íntimo, más cercano.

                        De juegos, osadía, desenfrenos

                        y libertad, en veranos serenos

                        repletos de una especial maravilla.

                        Eran otros tiempos en el “mimbral”,

                        de cuando era la playa de Sevilla,

                        el veraneo de la capital.

                                  

                        “Árbol de Cristóbal”

                        Árbol de Cristóbal, álamo blanco,

                        -con gran sombra-, mimbrales y tarajes,

                        paraíso terrenal aún salvaje,

                        paraje natural, un puerto franco.

                        Domingo de paellas, Baldomero,

                        bueno, ingenioso, abierto, cantaor,

                        al “gordo” de “Cachola” me refiero;

                        ya nunca nadie ha guisado mejor.

                        El singular “Goma” se adelantaba,

                        dormía esa noche bajo las estrellas

                        tras ese álamo que lo cobijaba.

                        Días de júbilo, angelical,

                        juego, deleite, contento, placer,

                        almuerzo y siesta en el tarayal.

 

Porque, efectivamente, estar en las “Mimbres” o en el “Árbol de Cristóbal” era –visto ahora con la  perspectiva que dan los años transcurridos, y soñando aún en sus características paisajísticas- estar en el paraíso, en otro mundo, en un pedazo de naturaleza completamente virgen, viva, y en la que el hombre aún no había descubierto esa  maldita palabra: especulación.

El río, pues, ha supuesto siempre el punto de mira de todo cigarrero desde que empezaba a tener uso de razón: ha sido su alfa y omega (el principio y el fin), pues al igual que se creía que no se era hombre hasta que se fumaba el primer pitillo (¡ese hoy denostado y perseguido cigarrillo de tabaco!- sí, de tabaco, pues antes de ello se hacía con el de matalauva-, siendo ese cambio lo que marcaba el paso de niño a “hombre”), el niño dejaba de ser menos niño cuando conseguía que sus padres le dejasen ir solo al río o era capaz de escaparse y hacerlo a escondidas. El río, pues, lo miremos como lo miremos, ha jugado un papel trascendental en la vida de nuestro pueblo.

Sin embargo, no éramos sólo los cigarreros   los que nos acercábamos a sus aguas, sino que las “Mimbres”, en particular, se convirtieron en lugar de atracción y recreo para los sevillanos, que invadían el pueblo los domingos y días de fiesta (especialmente el “18 de julio” o el “día de Santiago” –éste con su “botamento”- en que familias enteras se venían en el tranvía la noche antes para poder “coger un árbol” que les resguardase del inmisericorde sol), dándole  gran ambiente y vida.

Desgraciadamente, todo eso hace ya más de cuarenta años que se perdió, que desapareció, como consecuencia del progreso (industrialización y contaminación)-¡maldito progreso!-, y, como decíamos antes, por la especulación y la mano del hombre.  Chus Molero denuncia con gran sensibilidad lo que acabamos de apuntar, y, de nuevo, nos incita a no olvidar, con unos versos que, bajo el título de “AMARGA NOSTALGIA”, publicaba en el número 15 –mayo de 2003- de la  revista ya aludida.                         

Calle Betis, “Palmillas”,

escarpe, atalaya del Guadalquivir

desde donde se divisa

un río cada vez más amenazado

por desagües y terrenos de arrozales cultivados,

escombreras, despojos e instalaciones,

que ponen en evidencia su naturaleza frágil.

 

Nostalgia de aguas limpias,

de pesca, de pescadores, de redes,

de muelle, barcos de vela y de trinquetes,

de olores, sabores y de esencias sensitivas.

 

Recuerdo de huertas, huertos, pinares,

alameda de álamos blancos y eucaliptares;

pero, sobre todo, de nuestras “Mimbres”:

paraje natural, agreste y salvaje,

cubierto por el tarayal y el mimbral,

donde  niños y adolescentes

nos atrevíamos a hacer razias con heroicidad.

 

De baños a escondidas en sus aguas,

de juegos, osadía, desenfreno, libertad;

en el “Caño Grande”, en su amplia playa

en marea baja, o en el “Caño Chico”,

el de Cobano, recoleto, íntimo, comunicativo.

 

Añoranza de otros tiempos en el “mimbral”,

de cuando era la “playa” de Sevilla, la ciudad;

de avalancha de gentes en el tranvía

para coger un buen lugar;

de pasiones ocultas en el tarayal

y de riñas y peleas del hombre de pueblo con el de ciudad.

 

De gentío por la calle Larga,

de venta de pan de pueblo,

de agua en búcaros y cántaras

y de primeros chiringuitos (“sombrajos”)

como presagio de lo moderno. 

 

De día de Santiago, de botamento,

de marea alta, de espigones ocultos,

de peligro, de río traicionero, que pide su tributo

y se lo cobra: ¡las campanas tocan a muerto!

 

Río, playas, agua limpia, peces,

redes, barcos, muelle, pescadores,

alamedas, tarajales, mimbrales,

¿dónde estáis, dónde os ocultáis?,

¿o bien es cosa del hombre inconsciente

que os ha hecho desaparecer salvajemente?

 

Deberíais estar tristes, molestos, aquejadumbrados,

                                   pues  este pueblo ingrato, callado,

no os echa de menos, no recuerda ya

que está en deuda con ustedes

por los buenos momentos que le hicisteis pasar,

ofreciéndole unos fugaces placeres

en años de dictadura, hambre y austeridad.

 

Esa ha sido la historia de nuestro río; así ha evolucionado, así lo hemos vivido, así lo hemos disfrutado y así lo hemos perdido. Esperemos que algún día los andaluces, los sevillanos, los cigarreros, seamos capaces de reaccionar y de recuperarlo.

Creo interesante –y oportuno- cerrar este apartado sobre el RÍO con un epílogo en forma de poema que compuso nuestro paisano Salvador Fernández Álvarez con motivo de la fiesta-homenaje que anualmente le dedica Sanlúcar de Barrameda a nuestro río, y que fue leído por él personalmente en dicha ciudad en el verano de 1955. Lo tituló MENSAJE, y, efectivamente, es un singular canto a nuestra tierra (de Sanlúcar, del río, de las Marismas y de todo lo que La Puebla ofrece a  la Baja Andalucía, dándole unas características y un sello propio) que todo cigarrero debe conocer y difundir. Dice así:

                     I

Puebla del Río a Sanlúcar,

trae un mensaje campero;

pobre, de palabras pobres,

pero rico en sentimientos.

¡Sanlúcar!…¡El santo y seña

de los rumbos marineros!

¡Telón de fondo en Oñana!

¡Alfombras delos esteros!

Otoños con luz penumbra;

alborotos de silencio.

Pascuas que nos son pascuales,

porque las cine el invierno;

y, después, la primavera;

floraciones en los huertos,

y entre los rizos del agua,

la firma de los veleros.

Estíos blancos de espumas,

olas y risas en juego.

Sanlúcar, con abanicos

de brisas que son viento

avienta sal en regalo

a sus hermanos Los Puertos.

Canción de la manzanilla,

que en bota es sol y fuego

y en la caña y la venencia,

pozo y río de misterios.

Agujas de torres altas,

con punzones en el cielo,

que ensartan sartas de estrellas

y estremecidos salterios.

¡Virgen de la Caridad,

tu lámpara siempre ardiendo;

¡Ay! cómo sueñan contigo

en el mar los marineros…!

La Puebla, mira hacia abajo;

confines de mar y cielo;

espumas con luz de estrellas,

estrellas de espuma y verso .

En la distancia Sanlúcar,

y el Guadalquivir muriendo;

sus aguas en la agonía

ensayan el dulce dejo,

de “playeras” en la playa

y “alegrías” mar adentro.

El Guadalquivir no muere,

y en el mar se va durmiendo;

por eso La Puebla envía

en la bandeja del verso,

a la ciudad de Sanlúcar,

este mensaje campero.

               II

…Hermanos en río y en sol;

en mi romance te ofrezco,

estampas de hombres cabales,

que junto al río nacieron.

De mis vegas, la abundancia;

de mis montes, el romero;

la inmaculada blancura,

de azahares en mis huertos;

rumores de mis olivos,

-plata en el iris del viento-;

de mis pinos, oleaje;

mis bayuncos sombrajeros;

de mis islas, el tesoro;

de mis lucios, el espejo;

la yesca y el dilabón;

la escopeta de un “patero”;

retratos de cigüeñales;

de mis trigos, el pan tierno;

de mis cortijos, la gracia;

que no copian arquitectos;

de mis sombrajos, la sombra;

de mis “jatos”, el silencio.

Chivatas   de mis pastores;

las “jondas” de mis vaqueros;

las garrochas inflexibles

de mis caballistas recios,

y entre el caminar pausado,

un repique de cencerros.

Un jabardillo de alondras,

el mejor galgo lebrero;

relinchos, de mis caballos;

balidos, de mis corderos;

de mis patos, el graznido;

de mis toros, reburdeo…

Y en mi delirio rumboso,

pido y me prestan los cielos,

soles de rojo encendido;

lunas de rayos morenos…

En el mensaje a Sanlúcar,

viene escondido un pañuelo,

como aquel que hizo famoso,

la novia de aquel torero.

En cada pico una estrella,

y el Guadalquivir en medio;

en él La Puebla ha volcado,

su corazón todo entero…

¡Virgen de la Caridad,

tu lámpara siempre ardiendo;

¡Ay! cómo sueñan contigo,

en el mar los marineros…!

[1] Respuestas Generales de la villa de la Puebla junto a Coria. Archivo de Protocolos. Sevilla.

[2] López, Tomás: Diccionario Geográfico de Andalucía: Sevilla. Editorial Don Quijote. Sevilla, 1989.

[3] Coria y La Puebla parece, por lo expuesto, que se repartieron las funciones derivadas de su carácter ribereño. Coria se dedicaba más al comercio, a la pesca y  a la carpintería de ribera. La Puebla, como último puerto del Guadalquivir antes de su desembocadura en Sanlúcar de Barrameda y como primer puerto interior en el tráfico  de entrada, se reservaba las funciones derivadas de la administración de Marina y Aduana, articulando la conexión entre Sevilla y el litoral.

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